Bienvenido.
Antes de empezar, una pequeña pausa.
Hoy vamos a tocar la enfermedad. La propia o la de alguien cercano.
Si ahora mismo tienes algo fresco, un diagnóstico reciente, un duelo abierto, quizá este audio no sea para este momento. Vuelve otro día. No pasa nada.
Si te apetece quedarte, busca una postura cómoda.
Especialmente hoy, una postura amable.
Deja que el cuerpo se afloje un poco.
Hombros que bajan. Mandíbula que se suelta.
Toma aire por la nariz. Suéltalo despacio por la boca.
Otra vez.
Sin dirigir nada.
La enfermedad rompe cosas.
Rompe planes. Rompe el calendario. Rompe la idea que tenías de cómo iba a ser este año.
Rompe el cuerpo, a veces. Rompe la rutina. Rompe el "yo puedo con todo".
Y rompe, sobre todo, una capa muy ancha del falso yo.
Esa capa que decía soy fuerte, soy autosuficiente, no necesito a nadie, tengo el control.
Cuando llega la enfermedad, esa capa se cae.
Y duele.
No vamos a romantizar esto. La enfermedad no es bonita. No es maestra de nada por sí sola. Duele de verdad. Asusta. Cansa.
Pero, sin pedirla, sin elegirla, hace algo que casi nada más en la vida hace con tanta fuerza.
Despeja.
Quita papeles que te ponías encima.
Apaga ruido.
Te sienta al lado de tu propia vida.
Y, en esa quietud no buscada, a veces aparece algo.
Aparece quién está de verdad contigo.
Aparece qué echabas de menos sin saberlo.
Aparece qué cosas te daban igual aunque ocupaban tus días.
Aparece, también, una ternura nueva. Hacia uno mismo. Hacia los que te cuidan. Hacia los que pasan por lo mismo.
Hoy, si te apetece, una contemplación breve.
Recuerda una temporada en la que el cuerpo, el tuyo o el de alguien cercano, paró.
Una operación. Una gripe larga. Algo crónico que apareció. Lo que tú traigas.
Tráelo despacio.
¿Qué se cayó esos días?
¿Qué dejó de importarte por un rato?
¿Qué se hizo, en cambio, muy importante?
¿Quién se acercó?
Quédate un momento con lo que aparezca.
No para sufrirlo otra vez. Para escucharlo.
Porque esa información, la que la enfermedad te dio sin que la pidieras, sigue siendo válida hoy.
Lo que entonces te pareció esencial probablemente sigue siéndolo.
Lo que entonces te pareció ruido probablemente sigue siéndolo.
Hay una libertad que solo aparece cuando algo se cae.
Una libertad de actitud.
No puedes elegir todo lo que pasa. Hay cosas que no se eligen.
Pero, dentro de eso, queda un margen pequeño. Cómo lo miras. Cómo te tratas dentro de ello. A quién dejas entrar.
Y ese margen pequeño es enorme.
Es el sitio donde vive el verdadero yo en los momentos más duros.
No el que niega. No el que se hunde. El que está.
Si te llevas una sola idea hoy, que sea esta: cuando algo grande se cae, lo que queda debajo merece ser escuchado, porque suele ser lo más nuclear.
Gracias por estar aquí.