El verdadero yo · Cap 3 / 25

Cómo se construyó tu falso yo

Infancia: lo que se premió, lo que se castigó, lo que tuviste que esconder.

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Mañana, busca un minuto a solas y pregúntate qué parte tuya escondías de pequeño porque no era bien recibida. No hagas nada con ella: solo nómbrala por dentro y dile, sin palabras, que la has visto. Hacerle sitio un minuto ya es empezar a abrir el cajón.

Algo diminuto para llevarte al día. Sin prisa, sin obligación.

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Bienvenido. Vamos a un sitio íntimo. No incómodo, pero íntimo. Vamos a mirar cómo se formó, hace muchos años, esa versión tuya que aprendió a estar en el mundo. Si te apetece, busca una postura que te sostenga sin esfuerzo. Que el peso del cuerpo descanse donde toca descansar. Toma aire despacio. Suéltalo despacio. No necesitas pensar en lo que viene. Solo respirar mientras viene. Casi nadie elige conscientemente quién quiere ser. Uno se va haciendo en función de lo que pasa alrededor cuando todavía es muy pequeño. Y lo que pasa alrededor, sobre todo, son dos cosas. Lo que se celebra cuando lo haces. Y lo que se castiga, se ignora o se mira con vergüenza. No hace falta que el castigo fuera duro. A veces basta una cara seria. Un silencio. Un suspiro. Un niño lee esas señales con una precisión que ya de adulto perdemos. Cierra los ojos un momento, si quieres. Y piensa, sin forzar nada, en algo que de pequeño hacías y que provocaba alegría en los tuyos. Quizá eras gracioso. Quizá listo. Quizá obediente. Quizá fuerte. Quizá maduro para tu edad. Sea lo que sea, aprendiste pronto que esa parte abría puertas. Esa parte se infló. Se entrenó. Se ensayó. Se volvió tu carta de presentación. Hasta hoy, probablemente. Ahora, con la misma suavidad, piensa en algo que de pequeño sentías y que mejor te guardabas. Quizá miedo. Quizá rabia. Quizá tristeza sin motivo. Quizá demasiada sensibilidad. Quizá demasiadas preguntas. Algo que, al mostrarlo, no fue recibido. Tal vez te dijeron: no es para tanto. O no llores. O no seas así. O sé fuerte. Tal vez nadie dijo nada, y ese silencio fue suficiente para que entendieras. Esa parte se escondió. Se aprendió a tragar antes de que saliera. Se metió en un cajón que casi no se abre. Y sigue ahí. Quédate un momento con esto. Sin remover nada doloroso. Solo notando que, dentro de ti, hay partes infladas y partes escondidas. Las infladas no son malas. Son auténticas también, en parte. Pero crecieron demasiado. Las escondidas no son sucias. Son las que no encontraron espacio. Y aquí viene algo importante. Nada de esto fue culpa tuya. Un niño no elige qué se premia en su casa. Tampoco fue, casi nunca, culpa de nadie en concreto. Los que te criaron también traían sus propias partes infladas y escondidas, aprendidas en su infancia, de otra gente que aprendió en la suya. La cadena viene de muy atrás. Hoy no hace falta romperla con violencia. Solo verla. Solo darnos cuenta de que la persona que somos hacia fuera no se eligió libremente. Se fue moldeando. Y de que, debajo, hay partes nuestras que aún esperan que les hagamos sitio. Quédate un momento en silencio. Sin pedirle nada a lo que has visto. Solo respirando, con un poco más de comprensión hacia el niño que tuvo que aprender todo aquello solo. Si te llevas una sola idea hoy, que sea esta: Tu manera de estar en el mundo se construyó cuando aún no podías elegirla. No es tu culpa. Pero ahora, mirándola sin juicio, empieza a ser tu responsabilidad cuidar también a las partes que escondiste. Gracias por estar aquí.

Esto es un capítulo de un recorrido más largo

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