El verdadero yo · Cap 12 / 25

El cuerpo no es la frontera

Habitas un cuerpo, no eres exactamente el cuerpo.

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10 minutos · meditación contemplativa · Busca un sitio tranquilo, si puedes

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Bienvenido. Hay algo que llevas contigo todo el tiempo y casi nunca miras de verdad. Tu cuerpo. Lo más cercano. Lo más callado. Lo más fiel. Antes de seguir, instálate donde estés con un poco más de amabilidad. Que el peso se apoye. Que la cara se relaje. Una respiración pausada. Una salida tranquila. Otra. Aquí. Piensa por un momento en el cuerpo que tenías a los cinco años. Pequeño. Liviano. Otros dientes. Otra piel. Piensa en el cuerpo que tenías a los veinte. Y a los treinta. El cuerpo de ahora es distinto. Y, sin embargo, tú sigues siendo tú. Hay algo que ha viajado dentro de todos esos cuerpos. Algo que no es exactamente el cuerpo. Pero conviene decirlo claro antes de avanzar. No se trata de soltar el cuerpo. Se trata de soltar la identificación total con él. Hay diferencia. Soltar el cuerpo sería despreciarlo. Tratarlo como una cárcel. Confundir el reconocimiento del verdadero yo con una fuga hacia arriba. Eso no es esto. El cuerpo no es una capa que se desecha cuando maduras un poco. Es el modo concreto en que estás aquí. Es la forma viva en que respiras, escuchas, abrazas, sostienes a alguien. Sin él, no estarías escuchando esto. Lo que sí puedes empezar a notar es otra cosa, más sutil. Que no eres reducible al cuerpo. Que habitas un cuerpo, y a la vez hay algo en ti que es un poco más antiguo que cualquier forma que el cuerpo haya tenido. Si te apetece, lleva la atención a las manos. Sin moverlas. Solo siéntelas. Nota su temperatura. Su peso. La piel por dentro. Esas manos han abierto puertas, sostenido a alguien, escrito mensajes, cocinado. Han envejecido un poco. Han cambiado. Y, sin embargo, sigues siendo el mismo que las usa. Quien siente las manos no son las manos. Pero las manos son tuyas. Son parte de cómo estás aquí. Ahora baja la atención a los pies. Nota el contacto con el suelo o con la cama. Esos pies te han llevado a muchos sitios. Han caminado horas que ya no recuerdas. Y siguen ahí, dispuestos, todavía tuyos. Nota cómo el cuerpo respira solo. Sin que tú lo mandes. Hay una inteligencia callada que sabe lo que hace. Y tú, mientras tanto, eres quien la observa. Quien habita y a la vez es habitado. Esto no es despreciar el cuerpo. Es lo contrario. Cuanto más sabes que no eres solo el cuerpo, más puedes cuidarlo sin angustia. Sin medirte por la báscula. Sin medirte por el espejo. Sin medirte por una arruga nueva, por un pelo que cambia de color. Y a la vez, cuanto más reconoces al que mira, más respeto le tienes a lo que te sostiene. El cuerpo no es enemigo del verdadero yo. Es su compañero. El compañero más fiel que vas a tener en toda esta vida. Cuídalo. Escúchalo cuando avisa. Agradécele en silencio. Y, al mismo tiempo, recuerda, suave, que tú eres también el que mira al cuerpo respirar. Quédate un momento más respirando. Siente el cuerpo entero, vivo, presente. Y siente, en algún lugar más callado, esa presencia desnuda que lo acompaña. Si te llevas una sola idea hoy, que sea esta: Habitas un cuerpo. No eres reducible a él, pero tampoco eres ajeno a él. Cuídalo como se cuida a un compañero de vida. Y reconoce, suave, al que mira desde dentro. Gracias por estar aquí.

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Otros capítulos del recorrido

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  1. 01

    Recordar: hay dos yo dentro de ti

    Re-introducción consciente. Diferencia entre máscara y self.

  2. 02

    El falso yo no es enemigo, es necesario

    Liberarse del odio al ego. El falso yo te protegió cuando hizo falta.

  3. 03

    Cómo se construyó tu falso yo

    Infancia: lo que se premió, lo que se castigó, lo que tuviste que esconder.

  4. 04

    El precio del falso yo

    Cansancio, necesidad de validación, pérdida de espontaneidad.

  5. 05

    El primer indicio del verdadero yo

    Momentos de paz inesperada: infancia, naturaleza, silencio, dolor.