Bienvenido.
Antes de empezar, deja que el cuerpo se asiente. Sin más.
Hoy queremos mirar a un lugar que casi nadie mira.
Lo que no fue.
Lo que estuvo a punto de pasar y no pasó.
Y que, mirado con el tiempo, fue una suerte.
Acomódate como prefieras.
Suelta los hombros. Suelta la cara.
Respira hondo, una vez.
Suéltalo despacio.
Otra vez.
Sin pedir nada.
Aquí.
La vida tiene una cosa rara.
Casi todos hemos pasado por momentos en que algo se rompió, y dolió como si se hubiera roto el mundo.
Una relación que se acabó cuando tú aún no estabas listo para dejarla.
Un trabajo que no te dieron.
Una oportunidad que se cerró delante de tus narices.
Una persona que no te eligió a ti.
Un sitio donde no llegaste.
Una decisión ajena que te cambió los planes.
Y en el momento, eso parecía un desastre.
Casi siempre lo lloramos.
A veces, durante mucho tiempo.
Y, sin embargo, años después, mirado en silencio, casi todos hemos descubierto algo:
Algunas de aquellas pérdidas, no eran pérdidas.
Eran rescates.
Cosas que no tenían que ser, alejándose de ti antes de tiempo.
Quizá esa relación, si hubiera seguido, te habría hundido lentamente.
Quizá ese trabajo, si te lo hubieran dado, te habría apartado de algo más tuyo.
Quizá esa persona, si te hubiera elegido, te habría querido mal.
Quizá ese sitio al que no llegaste te habría apartado de quien hoy quieres.
Y, en su momento, no podías saberlo.
Solo dolía.
Solo querías que aquello fuera tuyo.
Y aquello dijo que no.
Hoy, con la distancia, puedes mirarlo de otra manera.
Vamos a hacer un ejercicio en silencio.
Lleva a la mente algo que en su día pensaste que era un desastre.
Y que, con el tiempo, resultó ser un alivio que no sabías que necesitabas.
Quizá una relación que se rompió y que, ahora, ves que tenía que romperse.
Quizá un trabajo del que te echaron y que te empujó a algo mejor.
Quizá una mudanza que no querías hacer y que te llevó a un sitio que ahora es tuyo.
Quizá un proyecto que se cayó y dejó hueco para otro mejor.
Quizá un sí que se convirtió en no, y que ahora agradeces.
Cuando lo tengas, quédate con ello.
Y mira con calma, hoy, lo que aquello te ahorró.
A quién no conociste por su culpa.
De qué te apartó.
Qué versión tuya no tuviste que ser.
A veces se ve. A veces no del todo.
Pero cuando se ve, hay algo dentro que se aclara.
La frase "qué bien que aquello no fue".
Esa frase no resta dolor a la persona que lo lloró en su momento.
Esa persona tenía todo el derecho a llorar.
Pero hoy, desde aquí, puedes mirar aquel no como un regalo silencioso.
Algo que se ocupó de salvarte de algo que no veías.
A veces la vida nos protege de cosas que querríamos con todas nuestras ganas.
Y solo lo entendemos años después.
Eso es difícil de aceptar, porque le da a la vida una inteligencia que nuestro ego desafía.
Pero, pasada la juventud, casi todos hemos visto cómo aquel no que nos hundió, nos puso, sin que lo supiéramos, en el camino bueno.
Hoy queremos agradecer eso.
Si te apetece, dile en silencio a esa cosa que no fue:
"Gracias por no haber sido."
"Gracias por no haberme tocado a mí."
"Gracias por haberte ido cuando aún yo creía que te necesitaba."
Estas frases suenan extrañas al principio.
Casi suenan a traición a la persona que lo lloró en su día.
Pero no son traición.
Son crecimiento.
Son ver que la vida es más larga que un solo momento.
Y que dentro de esa vida más larga, lo que parecía un golpe a veces era una ayuda disfrazada.
Te propongo, para llevar, algo pequeño.
La próxima vez que algo se te caiga, que algo te diga que no, que algo se rompa, intenta no apretar el "esto no debía pasar" demasiado pronto.
Solo, en silencio, déjale espacio a la posibilidad de que, dentro de unos años, agradezcas haberlo perdido hoy.
Eso no anula el dolor de ahora.
Solo lo deja respirar.
Y, a veces, eso es suficiente para no romperse del todo.
Quédate un momento más en silencio.
Con esa cosa que no fue.
Mirándola, hoy, con otra cara.
Casi sonriendo.
Si te llevas una sola idea hoy, que sea esta:
Algunas de las cosas que más lloraste por perder, eran lo que la vida estaba quitándote para protegerte.
Y aprendiste a verlo, a veces, años después.
Hoy, en silencio, también las hemos agradecido.
Por irse.
Por dejarme sitio.
Gracias por estar aquí.