Bienvenido.
Llegas otra vez. Eso ya es mucho.
Si te apetece, busca una postura cómoda. Sentado, recostado. Como te quede mejor.
Deja que el cuerpo se afloje un poco.
Que los hombros bajen. Que la mandíbula se suelte.
Si quieres, toma aire por la nariz. Suéltalo despacio por la boca.
Otra vez.
Y otra más.
Sin dirigir nada. Solo notando.
Aquí.
Hoy queremos detenernos en algo muy pequeño que pesa mucho.
Tener razón.
Esa pequeña obsesión casi invisible de demostrar que vimos bien.
De que el otro reconozca que esta vez nos tocaba a nosotros.
Que nuestra versión es la versión.
Hay un equívoco común aquí.
Mucha gente piensa que tener razón es defender la verdad.
Y lo dice muy serio, como si fuera un deber.
Pero si miras de cerca, casi nunca es la verdad lo que defendemos.
Es nuestra imagen.
Es ese yo frágil que necesita salir airoso de la escena.
Tener razón, casi siempre, es una manera elegante de tener miedo.
Miedo a parecer débiles.
Miedo a que el otro nos vea equivocados y por eso nos quiera menos.
Y entonces apretamos.
Repetimos el argumento con otras palabras.
Subimos un poco el tono.
Sacamos pruebas, ejemplos, momentos antiguos.
Y mientras tanto, la persona que tenemos delante se va haciendo pequeña.
Mira lo que ocurre por dentro cuando ganas una de esas discusiones.
Hay una victoria breve, casi metálica.
Y enseguida, un vacío raro.
Porque ganaste, sí, pero algo entre vosotros se enfrió un grado más.
El precio de tener razón suele ser ese.
Distancia.
Una grieta diminuta que con el tiempo se va ensanchando.
Cuántas relaciones se han ido apagando así, sin gritos, solo a base de pequeñas razones.
Soltar tener razón no es darle la razón al otro.
No es decir que te equivocaste cuando no lo crees.
Es algo más limpio.
Es notar el impulso de validar tu versión, y no obedecerlo.
Es callarte una frase que ya tenías preparada.
Es preguntarte, antes de hablar, qué prefieres, ganar este punto o seguir cerca de esta persona.
Hay un instante muy concreto donde se decide todo.
Es el segundo en el que el otro termina de hablar.
Ahí, dentro de ti, aparece la siguiente jugada.
La frase que va a corregirle, a matizarle, a ponerle en su sitio.
Y ahí, solo ahí, puedes hacer algo distinto.
Respirar.
No lanzar la frase.
Dejar que el otro siga estando.
Te propongo una cosa pequeña.
Una práctica diminuta.
La próxima vez que notes ese pinchazo de "voy a explicarle por qué tengo razón", para un segundo.
Solo un segundo.
Y respira una vez.
No tienes que renunciar a tu opinión.
No tienes que callarte para siempre.
Solo retrasa la frase un latido.
Mira si en ese hueco aparece otra cosa.
A veces aparece una pregunta en lugar del argumento.
A veces, simplemente, silencio.
Y casi siempre, la conversación cambia.
Porque el otro nota que ya no estás compitiendo.
Y baja la guardia.
Y entonces sí se puede hablar.
Quédate un momento más en silencio.
Sin pedirte nada.
Si te llevas una sola idea hoy, que sea esta:
Casi nunca discutimos por la verdad. Discutimos por nuestra imagen.
Y soltar tener razón no es perder.
Es elegir la cercanía por encima de la victoria.
Gracias por estar aquí.