Aflojar las manos · Cap 5 / 25

Notar lo que cuesta soltar

No forzar. Solo ver dónde aprietas.

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Mañana, cuando notes tensión en el cuerpo —el cuello, el pecho, el estómago—, no intentes aflojarla. Quédate ahí un momento y dile por dentro: no te voy a forzar. Solo eso. A veces el cuerpo, al no sentirse exigido, se ablanda solo. Y si no, mirarlo sin prisa ya es la mitad del camino.

Algo diminuto para llevarte al día. Sin prisa, sin obligación.

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Qué alegría volver a encontrarnos. Hagamos una pausa, otra vez. Una de esas que no piden nada y, sin embargo, lo ablandan todo. Si te apetece, busca una postura cómoda. Sentado, recostado. Como te quede mejor. Deja que el cuerpo se afloje un poco. Que los hombros bajen. Que la mandíbula se suelte. Toma aire por la nariz. Suéltalo despacio por la boca. Otra vez. Aquí. Hoy queremos detenernos en algo que casi nunca nos damos permiso a mirar. Lo que cuesta soltar. Porque hay un malentendido muy extendido con esto. Pensamos que si algo nos cuesta soltar, es que lo estamos haciendo mal. Que deberíamos poder, ya. Que deberíamos haber avanzado más. Que algo en nosotros está atascado. Y empezamos a forzar. Empezamos a empujarnos a soltar lo que no estamos listos para soltar. Y se aprieta más. Siempre se aprieta más cuando se fuerza. Soltar no obedece a la voluntad cuando se le manda con dureza. Lo que cuesta soltar, cuesta por algo. Y ese algo merece respeto, no impaciencia. Mira: Si te cuesta soltar una expectativa, es porque sostuvo durante años una parte tuya. Si te cuesta soltar una imagen de alguien, es porque te ayudaba a entender el mundo. Si te cuesta soltar una manera de verte, es porque te dio sentido durante mucho tiempo. Nada de lo que cargamos lo cargamos por error. Todo cumplió una función. Y por eso, no se suelta a la fuerza. Se suelta cuando ya no hace falta. Y eso solo lo sabe el cuerpo. Y lo sabe a su ritmo. Hoy no vamos a intentar soltar nada. Hoy vamos a hacer algo más sencillo y más respetuoso. Vamos a ir, despacio, a ver dónde aprietas. Solo eso. Sin tirar de ahí. Sin abrir nada. Como quien pasa la mano por una superficie buscando un nudo. Cuando lo encuentras, no lo deshaces de un tirón. Lo reconoces. Lo notas. Y lo dejas estar. Te propongo una cosa pequeña. Lleva la atención a tu cuerpo. No a la cabeza. Al cuerpo. Y ve si encuentras un lugar donde haya tensión. Quizá en el cuello. Quizá en el pecho. Quizá en el estómago. No el peor. El más obvio. Cuando lo encuentres, simplemente quédate ahí. No le pidas que se afloje. No respires hacia él con intención de cambiarlo. Solo mira. Como si dijeras, en silencio, "ah, aquí estás". Y, si te sale, añade una segunda frase, también en silencio: "No te voy a forzar." Esa frase, dicha por dentro, hace algo curioso. A veces el cuerpo, al oírse así tratado, se ablanda solo. No siempre. No tiene que hacerlo. Pero el simple hecho de no exigirle ya cambia la relación. Porque casi todo lo que sostenemos lo sostenemos por miedo a perder el control. Y cuando dejamos de exigirle al cuerpo que suelte, le devolvemos algo de ese control. Y entonces, a veces, el cuerpo elige soltar él mismo. Sin que nadie le mande. Vamos a quedarnos un momento en silencio. Sin pedirte nada. Si quieres, sigue notando ese lugar que has encontrado. O simplemente respira. Si hoy te llevas solo una idea, que sea esta: No fuerces lo que cuesta soltar. Solo nota dónde aprietas. Mirarlo sin exigirle nada es, ya, la mitad del camino. El resto llegará. A su tiempo. Sin que tengas que empujar. Esto no es una carrera. Es una conversación lenta con lo que llevas dentro. Gracias por estar aquí.

Esto es un capítulo de un recorrido más largo

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