Hola otra vez.
Hoy traigo una idea pequeña que da mucho de sí: en una cita médica, aunque casi todo lo decide el equipo, quedan elecciones. Pequeñas, pero tuyas.
Vamos primero a aterrizar.
Nota el peso del cuerpo donde estés. Los puntos de apoyo: los pies, las piernas, la espalda.
Cuando algo nos da miedo, tendemos a verlo en bloque. «La prueba» se convierte en una sola cosa grande que nos va a pasar, de principio a fin, sin margen.
Y así vista, claro, asusta más. Lo que no tiene ningún resquicio nuestro asusta más.
Pero de cerca casi nada es un bloque. Dentro de ese rato suele haber huecos pequeños donde cabe una preferencia tuya.
Mirar, o no mirar.
Que te vayan contando lo que hacen, o que no te cuenten nada, si lo prefieres.
Hacer una pausa de un minuto antes de empezar, si se puede. Entrar con alguien, si el centro lo permite.
Fíjate que digo «si se puede» y «si lo permiten». Es importante, y quiero ser honesta contigo: no todas las opciones existen en todos los sitios ni en todas las pruebas. A veces la respuesta será no, por razones que el equipo conoce y tú no tienes por qué conocer.
Por eso la elección de hoy no es exigir. Es preguntar.
Preguntar qué puedo elegir ya es elegir.
Piensa ahora en tu cita, la que tengas por delante o la próxima que llegue.
De todos esos huecos posibles, ¿cuál te importa de verdad? No hace falta lista larga. Con una o dos preferencias reales, de las que cambian tu rato, es suficiente.
¿Ya las tienes? Ahora dales forma de pregunta, que es como mejor viajan.
¿Puedo mirar hacia otro lado? ¿Me puede avisar antes de cada paso? O al revés: prefiero que no me vaya contando, ¿le parece bien? ¿Sería posible que entrara conmigo mi hermana?
Elige la tuya y dila una vez, por dentro o en voz baja.
Bien. Esa pregunta va contigo a la cita. Puedes apuntarla en tu tarjeta, si la hiciste, debajo de lo que el equipo debe saber.
Y ahora, la parte de encajar las respuestas, porque también se prepara.
Si te dicen que sí, estupendo: tu rato acaba de mejorar.
Si te dicen que no, la pregunta no ha sido en balde. Has participado, sabes a qué atenerte, y muchas veces te explicarán el porqué o te ofrecerán otra cosa. Un no también orienta, aunque guste menos.
Lo que cambia de verdad no es acertar con la petición: es pasar de ser alguien a quien le hacen cosas a ser alguien que está en la conversación.
Hay una imagen que me gusta para esto. Cuando vas en tren no eliges la vía, ni el horario, ni quién conduce. Y aun así eliges asiento, ventanilla o pasillo, y qué hacer durante el trayecto. Nadie diría que ir en tren es no elegir nada.
Con las citas pasa parecido. La ruta la lleva el equipo, que para eso sabe. Los asientos son tuyos.
Dos apuntes más, breves, para que esto sea completo.
Uno: algunas preguntas se pueden hacer antes del día, por teléfono, al confirmar la cita. «¿Puede entrar un acompañante?» se responde igual de bien con días de margen, y así llegas sabiéndolo.
Y dos: también hay elecciones para el rato de después, y esas casi nunca dependen de nadie. Cómo vuelves a casa. Si te espera alguien o prefieres un paseo a solas. Qué te vas a preparar de comer. Parecen tonterías; el día de una prueba, no lo son.
Elige ahora una para tu después, ya que estamos.
La frase de hoy:
Preguntar qué puedo elegir ya es elegir.
El siguiente capítulo es especial: es el audio para justo antes de entrar, pensado para escucharlo fuera, en la calle o en la sala. Guárdalo para ese día, como quien guarda un paraguas para cuando llueva.
Gracias por este rato de mirar los huecos. Son pequeños, pero son tuyos.