Antes de una prueba médica · Cap 8 / 25

No tengo que parecer valiente

Además de la prueba, mucha gente carga con una segunda tarea ese día: que no se note nada. Este capítulo propone soltar la función y quedarse con algo más útil: una petición concreta.

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Elige la petición que te llevarás a tu próxima cita: «¿me lo explica antes de hacerlo?», «necesito un momento», o la tuya. Una sola, corta, dicha sin disculparse. Pedir no resta; informa.

Algo diminuto para llevarte al día. Sin prisa, sin obligación.

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Hay gente que llega a las citas médicas con dos tareas. La primera es la cita. La segunda, que no se note nada: entrar con paso firme, contestar con voz normal, que nadie piense que es para tanto. Hoy vamos a hablar de esa segunda tarea. Pero primero, suelta un poco el cuerpo. Afloja las manos. Deja caer los hombros, que llevan rato subidos sin avisar. Si te apetece, un aire lento; si no, con notar la silla es suficiente. Lo de parecer valiente se aprende pronto. De pequeños, a más de uno nos dijeron eso de «no llores, que no es nada», con buena intención, seguramente. Y de mayores lo seguimos aplicando solos, sin que ya nadie lo pida. Quizá a ti no te suene, y tu carga sea otra. Pero si te suena, sigue conmigo un poco. La función de valentía tiene un coste. Toda la atención que gastas en que no se note es atención que no tienes para lo importante: escuchar lo que te explican, hacer tus preguntas, notar qué necesitas. Y tiene una trampa: como no se nota, nadie te ayuda. La persona que disimula perfectamente recibe un trato de persona a la que no le pasa nada. Normal: es lo que ha comunicado. Aquí viene el alivio, y es de verdad: en una consulta no hay nota de actitud. Se puede temblar. Se puede pedir un momento. Se puede decir «esto me cuesta» con la voz que salga. Al equipo no le estropea nada; les orienta. Han visto llorar, temblar y callar a personas de todas las edades, y les parece lo que es: normal. A una prueba no se va a quedar bien; se va a cuidarse. Entonces, ¿qué hacemos con la energía que se iba en disimular? La cambiamos por algo más barato y más útil: una petición concreta. Piensa en tu próxima cita, si la tienes, o en las citas en general. ¿Qué es lo que de verdad te ayudaría ese día? Quizá que te expliquen antes de hacer. Quizá un momento para respirar antes de empezar. Quizá que te dejen hacer una pregunta sin prisa. Elige una. Una sola: las peticiones, cuanto más cortas, mejor viajan. Y ahora dale forma de frase, sin disculpas delante. No «perdone que sea tan tonta, pero...». Directamente: ¿me lo puede explicar antes de hacerlo? O: necesito un momento, ahora sigo. Dila por dentro, o en voz baja, una vez. ¿Notas la diferencia de peso? La función de valentía es un traje que aprieta todo el día. La petición son siete palabras y ya está. Si quieres, hacemos una comprobación amable con el pasado, sin hurgar. Trae un momento el recuerdo de alguna cita en la que disimulaste de principio a fin. Sin revivirla: solo el dato de cuánto cansó. Y ahora imagina la misma cita con tu petición dicha al principio. La misma prueba, el mismo sitio. Solo que alguien allí sabía cómo estabas. ¿Cambia algo por dentro al imaginarlo? Aunque sea un poco. Ese poco es lo que estamos preparando. Una cosa más, porque es justa: si un día, aun con todo, te sale disimular — porque es lo que hay, porque no te apetece exponerte con según quién —, tampoco es un fracaso. Es una opción, y a veces la más cómoda. La diferencia es tenerla como opción, no como obligación. Y para el rato de después de la cita, un gesto pequeño con una misma: en vez del repaso de «qué mal lo he llevado», probar un «lo he llevado como se podía, y ya está hecho». Que es, por cierto, lo que le dirías a cualquier amiga. La frase de hoy: A una prueba no se va a quedar bien; se va a cuidarse. En el siguiente capítulo miramos otra cosa que ayuda ese día: saber qué pequeñas elecciones se pueden pedir. Gracias por quitarte un rato el traje que aprieta.

Esto es un capítulo de un recorrido más largo

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