Si alguna vez te has mareado en una consulta, en un análisis o viendo una cura — o has sentido que te ibas —, este capítulo es para ti.
También si no ha llegado a pasarte pero lo temes, porque a alguien de tu familia le pasa, o porque notas que el cuerpo se te afloja en esos sitios.
Llega con calma. Siéntate bien, con la espalda apoyada, y deja el cuerpo descansar en el asiento.
Lo primero que quiero decirte lo diría despacio y mirándote: marearse no es hacer el ridículo.
Es una reacción del cuerpo. La tiene muchísima gente, viene de fábrica en algunos cuerpos, y el personal sanitario la conoce de sobra. No les pilla de sorpresa, no les asusta y no les molesta. La manejan a diario.
Lo segundo es la idea central de hoy, y es una sola.
Con el mareo, tu trabajo no es evitarlo, ni aguantarlo, ni disimularlo. Tu trabajo es avisar. Nada más, y nada menos.
Aquí no te voy a enseñar trucos ni posturas ni maneras de respirar para el mareo. No porque no exista nada, sino porque lo que convenga en tu caso lo tiene que decidir el equipo que te ve, en el momento, delante de ti. Ellos saben si conviene que estés sentada o tumbada, cuánto rato, y qué hacer después. Esa parte es suya.
La tuya cabe en dos frases. Vamos a prepararlas.
La primera es la de antes. Al llegar, antes de que empiece nada, se dice: alguna vez me he mareado en un análisis, se lo digo por si acaso.
Con esa frase, el equipo se organiza distinto desde el principio. Toman ellos las medidas, las que sean. Tú ya has hecho tu parte.
Dila ahora, en voz baja o por dentro, con tus palabras.
La segunda es la del momento, y es aún más corta: me estoy mareando.
Se dice en cuanto se nota que algo raro empieza. No cuando ya no se puede más: en cuanto empieza. Calor, sudor frío, la vista rara, el sonido que se aleja — cada cuerpo tiene su aviso, y tú conoces el tuyo si te ha pasado.
Al primer aviso, la frase. Y a partir de ahí, lo que ellos digan: si te dicen que te sientes, te sientas; si te dicen que te tumbes, te tumbas. Sus indicaciones mandan, porque son quienes te están viendo.
Dila también una vez, para que la boca la conozca: me estoy mareando.
Sé que hay una tentación, y la nombro porque es humana: aguantar en silencio, a ver si pasa, para no dar la nota. Muchas personas lo han hecho, y muchas se han llevado un susto que se habría evitado hablando dos segundos antes.
Avisar pronto no es exagerar. Es darle al equipo el tiempo que necesita para hacer bien su trabajo. La frase dicha a tiempo es de las cosas más útiles que puedes llevar ese día.
Si vas acompañada, cuéntale también a esa persona lo del mareo, de camino o antes. Así, si un día las palabras no te salen, ella puede decirlas por ti. Es un segundo aviso de reserva, y tranquiliza saber que existe.
¿Y la vergüenza de después, si llega a pasar? También se puede preparar, con una sola idea: para ti sería un mal rato memorable; para ellos, un martes normal. Lo atienden, se resuelve, y a la siguiente persona. Nadie va a acordarse, salvo tu vergüenza, y a esa se le puede decir que exagera.
Recapitulamos, porque hoy el capítulo es corto de ideas a propósito.
Una frase para antes: me he mareado alguna vez, se lo digo por si acaso.
Una frase para el momento: me estoy mareando.
Y después de cada una: lo que el equipo indique.
La frase de hoy:
Avisar a tiempo es la parte que me toca; el resto lo lleva el equipo.
El siguiente capítulo habla de otra carga que se lleva a las citas sin necesidad: la de tener que parecer valiente.
Gracias por este rato. Lo que has preparado hoy es poco de decir y mucho de valor.