Este capítulo es para quien lleva mal los pinchazos. Un análisis, una vacuna, lo que toque.
Si no es lo tuyo, sáltalo sin remordimiento: en esta temporada cada cual coge lo que necesita.
Y una cosa antes de empezar, para que escuches tranquila: aquí no vamos a describir nada. Ni la escena, ni el momento, ni los detalles. No hace falta pasarlo mal para prepararse.
Llega un momento, como estés.
Los hombros sueltos. La mandíbula floja. Los pies apoyados, notando el suelo.
Que las agujas cuesten es muchísimo más común de lo que se dice en voz alta. Gente hecha y derecha, que saca adelante trabajos y familias, y que la semana del análisis duerme regular.
Casi nadie lo cuenta, por vergüenza. Y al no contarlo, cada cual cree que es la única persona a la que le pasa.
No lo es. Ni de lejos.
Y un consejo de amiga para la víspera: no busques vídeos, ni historias de otros, ni foros. La cabeza asustada pide información, pero esa información no la calma; le da material. Lo que necesites saber, al centro, que para eso está.
La buena noticia es que en ese rato hay más margen del que parece. No para controlar lo que hace el equipo — eso es suyo, y saben hacerlo —, sino para pedir cosas pequeñas que lo cambian bastante.
La primera: avisar. Al sentarte, decir tu frase llana: las agujas me cuestan. Con eso, la persona que te atiende ya trabaja contigo de otra manera. Te lo dirán ellos, pero suele traducirse en más calma y más explicación.
La segunda: puedes preguntar si es posible mirar hacia otro lado. Mirar no es obligatorio en ningún sitio. Muchas personas pasan el rato mirando la pared, o la ventana, o hablando de las vacaciones. Pregunta, y que te digan.
Y la tercera: la postura. Aquí no te voy a decir yo cómo ponerte, porque eso depende de ti, de la prueba y del criterio del equipo. Lo que sí puedes hacer es dejarlo en sus manos con una frase: ¿me indica usted cómo me pongo? Ellos deciden; tú descansas de decidir.
Y hay una información que va por delante de todas: si alguna vez te has mareado con un pinchazo, o has estado a punto, dilo lo primero, antes de empezar. No es una vergüenza; es un dato clínico que ellos necesitan, y con él toman sus medidas. De eso hablamos con calma en el siguiente capítulo.
Ahora vamos a ensayar, que para eso estamos.
Imagina solo la parte amable: tú sentada, la persona del equipo delante, todavía no ha pasado nada. Ese momento en el que se puede hablar.
Di tu primera frase, en voz baja o por dentro: las agujas me cuestan.
Ahora la petición que más te sirva. Quizá: ¿puedo mirar hacia otro lado? Quizá: ¿me va contando usted?, o al revés: prefiero que no me vaya contando. Lo que te ayude a ti.
Y si te ha pasado lo del mareo, añade esa: alguna vez me he mareado, se lo digo por si acaso.
Ya está el ensayo. Fíjate: en ningún momento hemos tenido que acercarnos a lo que te da miedo. Solo hemos preparado palabras. Las palabras se llevan bien en el bolsillo.
El día que toque, el miedo vendrá contigo, probablemente. No pasa nada. Puede venir. Tú llevas tus frases, y el equipo lleva su oficio. Entre las dos cosas, el rato pasa. Ha pasado todas las veces, aunque el miedo diga otra cosa.
Y cuando termine, sal, respira el aire de la calle y date algo bueno: un café tranquilo, una llamada, un rato de nada. No como premio por ser valiente, que aquí no se viene a eso. Como cierre amable de un rato que costó.
La frase de hoy:
Avisar no estorba: ayuda a que me cuiden mejor.
El siguiente capítulo es el del mareo. Si es parte de tu historia, escúchalo antes de tu cita; está pensado justo para eso.
Gracias por prepararte conmigo.