Antes de una prueba médica · Cap 4 / 25

La sala de espera

Un capítulo para escuchar en la propia sala de espera, mientras llega tu turno. No promete calma: ofrece un sitio donde poner los ojos y los pies mientras el nombre no suena.

6 minutos de práctica

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6 minutos · audio para escuchar con calma · Busca un sitio tranquilo, si puedes

Para después de escuchar

En cualquier espera — la del médico o la del autobús — prueba el gesto de este capítulo: tres cosas reales con la mirada, los dos pies en el suelo, y un minuto sin ensayar el futuro. Es un minuto, no un examen; si la cabeza se va, la traes y ya está.

Algo diminuto para llevarte al día. Sin prisa, sin obligación.

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Este capítulo está pensado para escucharlo en la sala de espera, con auriculares, mientras llega tu turno. Si lo estás oyendo en casa, también vale: así lo conoces antes de necesitarlo. Solo una cosa: cuando digan tu nombre, pausa el audio, guárdalo y ve con el equipo. Él se queda esperándote sin protestar. Vamos allá. Las salas de espera tienen algo particular: el cuerpo está sentado, pero la cabeza no. La cabeza va y viene de la puerta, ensaya lo de dentro, calcula por qué tardan. Y cada vez que se abre esa puerta, algo da un saltito. No voy a pedirte que te relajes. Sería pedir demasiado, y además no hace falta. Se puede esperar con miedo. Se espera con miedo todos los días, en todas las salas del mundo. Lo que vamos a hacer es más modesto: darle a la cabeza un sitio donde estar, que no sea el ensayo. Empieza por los ojos. Busca, sin prisa, tres cosas reales de la sala. No hace falta que sean bonitas. Una silla vacía. El cartel de la pared. La luz que entra, o la que no entra. Míralas de verdad, una a una, un par de segundos cada una. Ahora, los pies. Los dos apoyados en el suelo, enteros. Nota el contacto: el talón, la planta. Empuja el suelo un poquito, apenas, y suelta. El suelo de la sala de espera es igual de suelo que el de tu casa. Eso que tienes debajo no cambia por lo que pase hoy. Si te apetece, deja que el aire vaya y venga a su ritmo, sin dirigirlo. Y si atender al aire te pone más en guardia — a algunas personas les pasa —, déjalo tranquilo y quédate con los pies y con la sala. Ahora te propongo un minuto. Un solo minuto sin ensayar lo de dentro. No es prohibirlo: es no seguirlo. Si la escena empieza, la dejas a medias y vuelves a las tres cosas de la sala, a los pies, a los sonidos que haya. Yo te acompaño en silencio. Empezamos. Sigue. Ojos en la sala. Pies en el suelo. Bien. Hasta aquí el minuto. ¿La cabeza se ha ido a mitad? Claro. Se van todas. Traerla de vuelta era el ejercicio, no un fallo del ejercicio. Si quieres, añadimos una capa más: los sonidos. Sin buscar ninguno en especial, deja que te lleguen los de la sala. Una puerta, pasos, el murmullo de una conversación que no es asunto tuyo, el aire acondicionado. No hay que escucharlos bien. Solo dejar que estén, como está la luz. Los sonidos de una sala de espera son de lo más corriente. Y lo corriente, en un día como este, es buena compañía. Una cosa más, por si el cuerpo está inquieto: si la pierna bota o las manos no saben dónde ponerse, no las obligues a estarse quietas. Puedes dejar que la pierna bote, o apretar suavemente una mano con la otra y soltar. El cuerpo también espera a su manera. Puedes repetir este gesto las veces que haga falta mientras esperas: tres cosas, los pies, un minuto. No necesita auriculares ni permiso, y nadie a tu alrededor va a notar que lo haces. Si esperas mucho rato, alterna: un rato de gesto, un rato de lo que sea — el móvil, una revista vieja, mirar por la ventana si la hay. No hay que estar recogida y perfecta toda la espera. Solo volver, de vez en cuando, a la sala y a los pies. Y no te promete calma. A lo mejor llega un poco, a lo mejor no. Lo que te da es un sitio donde estar mientras el nombre no suena. Con eso alcanza. La frase de hoy, por si quieres llevarla contigo cuando entres: No necesito estar tranquila para estar aquí. Cuando suene tu nombre, pausa, guarda el móvil y adelante. A partir de esa puerta te cuida el equipo; las indicaciones que valen son las suyas. Y si aún queda espera, aquí me tienes: vuelve a darle al principio. Gracias por dejarme esperar contigo.

Esto es un capítulo de un recorrido más largo

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