Bienvenido.
Hoy empezamos por abajo.
Por el sitio más humilde del cuerpo, que casi nunca miramos.
La planta de los pies.
Si te apetece, busca una postura cómoda. Sentado, de pie, recostado. Como te quede mejor.
Solo deja que el cuerpo se afloje un poco.
Que los hombros bajen. Que la mandíbula se suelte.
Y, si quieres, lleva la atención hacia abajo, hacia donde el cuerpo toca el suelo.
Si estás sentado, hacia la planta de los pies sobre la tierra, o sobre los zapatos.
Si estás tumbado, hacia el peso de los talones.
Sin hacer nada. Solo notando que esa parte tuya existe.
Toma aire por la nariz. Suéltalo despacio por la boca.
Otra vez.
Aquí.
Hay una idea que te puede acompañar mucho tiempo, si la dejas entrar.
Los pies siempre están en el presente.
Siempre.
Aunque tu cabeza esté en la conversación de ayer, o en lo que tienes que hacer mañana, los pies están aquí.
Apoyados. Pesando. Recibiendo el suelo.
Y eso los convierte en algo precioso.
En un ticket de vuelta.
Cuando notas que te has ido, cuando la mente te ha llevado lejos, no hace falta luchar con los pensamientos.
Solo baja la atención a la planta del pie.
Y ya estás de vuelta.
Sin esfuerzo. Sin pelea. Sin necesidad de calmarte primero.
El cuerpo, en realidad, nunca se fue.
Solo te estaba esperando.
Casi todo el día caminamos sin notar que caminamos.
Vamos al baño y no notamos los pies.
Vamos a la cocina y no notamos los pies.
Salimos a la calle y no notamos los pies.
Los pies son lo más fiel que tenemos. Nos sostienen siempre, y casi nunca los miramos.
Hay una pobreza enorme en esto.
No una pobreza material.
Una pobreza de presencia.
Vivimos en cuerpos que llevamos sin habitar, como si fueran un vehículo que solo usamos para mover la cabeza de un sitio a otro.
Pero el cuerpo es más que un vehículo.
Es, en realidad, lo único tuyo que está aquí del todo.
La mente se va. El cuerpo se queda.
La mente recuerda. El cuerpo está.
Y la planta del pie es la prueba más sencilla.
Habitar el cuerpo no es una idea espiritual.
Es esto.
Sentir que la planta del pie pesa.
Sentir que el suelo está debajo.
Sentir, casi sin palabras, que algo te sostiene desde fuera, todo el rato, sin pedirte permiso.
Y darte cuenta de que, cuando notas esto, ya no estás en ningún otro sitio.
Estás aquí. En tu casa interior. En el fondo silencioso que siempre estuvo.
Notarlo, una vez al día, es ya un pequeño regreso.
Un volver de un viaje que ni sabías que estabas haciendo.
Te propongo una práctica diminuta.
Lo bastante pequeña para no olvidarla.
La próxima vez que te levantes, antes de empezar a andar, quédate quieto un segundo.
Solo un segundo.
Y siente las plantas de los pies.
Su peso. Su anchura. El calor o el frescor del suelo.
Y luego da tres pasos despacio.
Tres. No más.
Sintiendo cómo el peso pasa de un pie al otro.
Cómo el talón apoya, cómo los dedos se sueltan.
Tres pasos conscientes al día son suficientes para empezar.
No hace falta un retiro. No hace falta una hora.
Tres pasos.
Y luego sigues con tu vida, como siempre.
Pero algo, dentro, se acuerda.
El cuerpo se acuerda de que existe.
Y tú, con él, te acuerdas también.
Es un acuerdo silencioso, sin testigos.
Pero deja huella.
Porque cuando el cuerpo se sabe notado, deja, poquito a poco, de pedir atención de otras maneras.
Deja de doler tanto. Deja de tensarse tanto. Deja de buscar comida o pantallas para que alguien, por fin, lo mire.
Solo con eso. Tres pasos al día.
Si hoy te llevas solo una idea, que sea esta.
Tu cabeza puede llevarte lejos, pero los pies siempre saben dónde estás.
Y el camino de vuelta a ti mismo es siempre el mismo.
Hacia abajo.
Hacia el suelo.
Hacia el sitio donde el cuerpo, en silencio, lleva toda la vida esperándote.
Gracias por estar aquí.