Qué bueno volver a vernos.
Vamos a empezar muy suave.
Sin pedirle nada al cuerpo.
Solo dejándolo aparecer.
Si te apetece, busca una postura cómoda.
Que los hombros bajen sin esfuerzo.
Que la cara se afloje.
Que el cuello suelte el peso de la cabeza.
Y respira por la nariz, sin dirigirlo.
Suéltalo por la boca, despacio.
Otra vez.
Y otra más.
Hoy queremos darte algo concreto.
Un ancla.
Una herramienta pequeña que cabe en cualquier bolsillo, en cualquier día, en cualquier momento.
Porque entender no basta.
Saber que casi nunca estás aquí no te trae aquí.
Hace falta hacer algo, por pequeño que sea, una y otra vez.
Y la práctica más útil que existe se llama así.
Cinco respiraciones.
Cinco. No diez. No veinte.
Cinco.
Treinta segundos, más o menos.
Esto es todo.
Mira cómo se hace.
Te paras.
Donde estés.
En la calle, en una reunión, en la cocina, en el baño, en el coche en un semáforo.
No tienes que sentarte. No tienes que cerrar los ojos. No tienes que ponerte una postura especial.
Solo paras un instante por dentro.
Y cuentas.
Una.
Inspiras notando que entra el aire.
Espiras notando que sale.
Dos.
Inspiras, espiras.
Tres.
Inspiras, espiras.
Cuatro.
Cinco.
Has vuelto.
Eso es todo.
Parece poca cosa.
Pero si lo haces cinco veces al día, cambia tu vida.
No exagero.
Antes vivías diecisiete horas seguidas sin pisar el ahora.
Ahora, cinco veces al día, lo pisas.
Treinta segundos cada vez.
Dos minutos y medio al día.
Eso, repetido cada día, abre algo dentro que estaba cerrado.
Lo más bonito de esta práctica es que no necesitas tiempo libre.
No necesitas un cojín.
No necesitas silencio.
Puedes hacerla en medio del ruido.
En medio del estrés.
En medio de un día que no para.
De hecho, esos son los mejores momentos.
Cuando notas que llevas horas sin estar, paras.
Y cuentas cinco respiraciones.
Y vuelves.
Te enseño algunos sitios donde encaja perfectamente.
Antes de abrir una puerta.
Cualquier puerta.
La de tu casa al volver. La de la oficina. La de una habitación donde te espera alguien.
Cinco respiraciones antes de entrar.
Para llegar de verdad, no solo con el cuerpo.
Antes de coger el móvil.
Cinco respiraciones.
Y luego, si todavía quieres cogerlo, lo coges. Pero estando.
Antes de hablar, cuando notas que vas a decir algo cargado.
Cinco respiraciones, y entonces hablas.
Casi siempre dirás otra cosa.
Mejor.
Antes de comer un bocado.
Cinco respiraciones, y luego comes.
Vas a notar sabores que llevaban meses ahí sin que los vieras.
Al despertar, antes de mirar nada.
Cinco respiraciones, todavía en la cama.
Para entrar en el día estando, no corriendo.
Y al acostarte, antes de cerrar los ojos.
Cinco respiraciones, dejando que el día se pose.
Que el cuerpo sepa que ya puede descansar.
Verás algo curioso.
Cuanto más haces estas pausas, más fácil aparecen solas.
Como si el cuerpo, agradecido, empezara a pedirlas.
Como si recordara que existe ese pequeño refugio.
Y empezara a entrar más a menudo, sin que tú tengas que organizarlo.
Si las cinco se te van de la cabeza, no pasa nada.
Empiezas otra vez.
Si en la tercera te has ido, no te enfades.
Sigues con la cuarta.
Lo importante no es contar bien.
Lo importante es volver.
Te propongo que lo hagas ahora.
Solo una vez.
Conmigo.
Una.
Aire que entra. Aire que sale.
Dos.
Sin prisa.
Tres.
Notando que estás.
Cuatro.
Notando que el cuerpo respira solo.
Cinco.
Ya está.
Acabas de pisar el ahora.
No ha hecho falta nada más.
Si hoy te llevas solo una idea, que sea esta.
No necesitas una práctica grande para empezar a vivir despierto.
Necesitas una pequeñísima, repetida.
Cinco respiraciones.
Treinta segundos.
Donde estés. Como estés.
Esa es tu casa portátil.
La llevas siempre contigo.
Y siempre puedes entrar.
Gracias por estar aquí.