Bienvenido.
Esta es la hora de bajar el ritmo.
De ir un poco más despacio que la vida de fuera.
Si quieres, busca una postura cómoda. Sentado, recostado, como te quede mejor.
Deja que el cuerpo se afloje un poco.
Que los hombros bajen. Que la mandíbula se suelte.
Toma aire por la nariz, sin prisa.
Suéltalo despacio por la boca.
Otra vez.
Y otra más.
Aquí.
Hoy vamos a detenernos en algo que casi nunca tiene tiempo de aparecer.
El cuerpo.
No el cuerpo que rinde, ni el que se exhibe.
El cuerpo que sientes cuando todo se calla.
Hay un malentendido viejo con esto.
Mucha gente cree que el cuerpo es el que habla cuando hace ruido.
Cuando duele, cuando enferma, cuando tiembla.
Y es verdad que el cuerpo habla así.
Pero también habla, y mucho, cuando hay silencio.
El problema es que en silencio casi nunca lo escuchamos.
Porque en silencio aparece lo que la prisa tapaba.
Y eso, a veces, asusta un poco.
Respira.
Fíjate ahora, sin moverte, en una zona cualquiera.
Los pies, por ejemplo.
Mira si están apoyados, si están fríos, si pesan.
Ninguna respuesta es correcta.
Solo se trata de notar.
Sube despacio. Las piernas. El vientre.
El pecho que sube y baja con la respiración.
Los hombros.
Las manos.
La cara.
Date cuenta de cuánta vida hay ahí, callada, esperando.
Respira.
Cuando vamos rápido, el cuerpo es solo un medio para llegar a sitios.
Casi un estorbo.
Algo que hay que alimentar, vestir, llevar.
Pero el cuerpo no es eso.
El cuerpo es donde vives.
Es la única casa que vas a tener durante todo lo que dure esto.
Y durante años, ha estado esperando que vuelvas a mirarlo.
Sin pedirte nada.
Sin reprocharte nada.
Solo esperando.
Y si te quedas un poco más en silencio, vas a notar cosas que no esperabas.
Tal vez una tensión pequeña en la mandíbula que llevabas semanas cargando.
Tal vez una presión en el estómago.
Tal vez un cansancio que no sabías que tenías.
No te alarmes.
No tienes que hacer nada con eso.
Solo notarlo es ya suficiente.
Notar es el primer gesto de cuidado.
Respira.
A veces, lo que aparece es muy pequeño.
Una sensación tibia en las palmas de las manos.
Un latido suave en el pecho que no habías escuchado en todo el día.
Un calor leve en la cara.
Cosas mínimas.
Tan mínimas que parecen poca cosa.
Y, sin embargo, esas son las señales de que estás vivo, ahora.
No vivo en el sentido grande de la palabra.
Vivo aquí, en este cuerpo, esta tarde, este instante.
Y eso es mucho más de lo que solemos reconocer.
Respira.
Te propongo una práctica diminuta.
Sin moverte, elige una sola parte del cuerpo.
La que quieras.
Puede ser el pecho. Las manos. La nuca.
Quédate ahí un instante.
Como si la saludaras en silencio.
Como si le dijeras, sin palabras: "ya estoy aquí, ya te escucho".
No pidas nada a cambio.
No le pidas que se relaje.
No le pidas que cambie.
Solo mírala.
Y nota qué pasa cuando una zona del cuerpo se siente mirada.
Casi siempre se afloja sola.
No porque se lo hayas pedido.
Porque el cuerpo, cuando se siente acompañado, descansa.
Igual que tú.
Y, si hoy no notas nada, tampoco pasa nada.
A veces el cuerpo lleva tanto tiempo callado que tarda en responder.
Llevamos años pidiéndole que aguante.
Es lógico que necesite tiempo para volver a confiar en que vamos a escucharlo.
Cada vez que paras un instante a mirarlo, le estás diciendo algo importante.
Le estás diciendo: vuelvo a contar contigo.
Y eso, repetido en el tiempo, lo cambia todo.
Vamos a quedarnos un momento más en silencio.
Sin pedirte nada.
Solo respirando.
Solo notando esa parte que has elegido.
Si te llevas una sola idea hoy, que sea esta:
El cuerpo no está fuera de ti.
Es donde vives.
Y vive mejor cuando lo miras.
Gracias por estar aquí.