Volver a tu tamaño · Cap 4 / 25

El chiste de la familia

'Pregúntale a ella, que este no se entera' — todos ríen, tú también, y tu opinión vuelve a desaparecer. Hoy: los silencios que parecen paz y saben a renuncia, y el 'me da igual' que casi nunca es verdad.

4 minutos de práctica

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4 minutos · audio para escuchar con calma · Busca un sitio tranquilo, si puedes

Para después de escuchar

Caza hoy un 'me da igual' tuyo — en voz alta o a punto de salir. Y por dentro, complétalo con la verdad: '¿de verdad me da igual... o es que tener preferencia parecía abrir un frente?'. No hace falta decirla aún. Basta con comprobar que existe. Debajo de casi todo 'me da igual' hay una opinión esperando.

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Botiquín para el momento difícil

Clips de uno o dos minutos para escuchar justo cuando hace falta, no después. Guárdalos cerca.

Me acaba de corregir y quiero desaparecer

Voy a decir «me da igual»

He metido la pata y quiero esconderlo

Han respondido por mí delante de otros

Epílogo

Para volver un tiempo después de terminar el recorrido y mirar cómo va.

Epílogo: ¿cuánto sitio ocupas hoy?

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El texto completo, por si prefieres leer o quieres volver a una frase

Bienvenido. Hoy tocamos dos cosas que duelen bajito: el chiste y el silencio. Llega primero. Postura cómoda, bien sostenida. Inspira lento por la nariz. Y suelta el aire por la boca, largo. Bien. La escena: una comida familiar. Alguien pregunta algo de los niños — una fecha, un dato, qué tal en el cole. Y antes de que puedas abrir la boca, suena el clásico: "pregúntale a ella, que este no se entera". Risas. Tú también sonríes — qué vas a hacer. Y la conversación sigue... sin ti. El chiste parece nada. Todos lo hacen, nadie lo hace con maldad — quizá tú mismo lo alimentas a veces, que hacer de gracioso también es un refugio. Pero mira lo que deja cada vez que suena: tu sitio, un poco más pequeño. Delante de todos. Con tu propia risa de fondo. También pesa ser el chiste de la familia. Y casi nadie lo dice — porque quejarse de una broma parece exagerado. No lo es: las bromas repetidas son las paredes del papel que te ha tocado. Y junto al chiste, su primo silencioso: el "me da igual". "¿Dónde comemos?" — me da igual. "¿Qué te parece este color?" — el que tú veas. "¿Prefieres sábado o domingo?" — como quieras. Alguna vez será verdad. Pero cuando el "me da igual" se vuelve la respuesta de serie, casi nunca lo es. Debajo suele haber otra cosa: una preferencia que aprendió a esconderse — porque opinar era abrir un frente, o porque total, se haría lo otro. Y esconderse parecía paz. Escucha la verdad de esos silencios: por fuera parecen paz. Por dentro saben a renuncia. Y las renuncias diarias, sumadas, son exactamente cómo una persona desaparece de su propia vida — a plazos, sin ruido. Hoy no hay que plantar cara a nadie ni estrenar opiniones en la próxima comida — eso llegará, entrenado y a tu ritmo. Hoy, la práctica es privada y reveladora: Cierra los ojos. Trae la última vez que dijiste "me da igual" — o "como tú veas", o el silencio que hizo su función. Y ahora, con toda honestidad, solo para ti, completa la frase verdadera: "En realidad, yo prefería..." ¿Ves? Ahí estaba. La preferencia existe — siempre existió. No se murió: se escondió. No hace falta hacer nada con ella todavía. Solo saludarla: "te veo. Sigues ahí. Pronto te toca salir". Vuelve a la respiración. Inspira lento. Suelta despacio. La frase de hoy: Hay silencios que por fuera parecen paz y por dentro saben a renuncia. El "me da igual" repetido es uno de ellos. Mañana, la primera práctica completa: la silla a la misma altura. Gracias por estar aquí.

Esto es un capítulo de un recorrido más largo

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