En paz con quien no está en paz · Cap 2 / 25

Por qué se pega la agitación

Los humanos nos sincronizamos: el nerviosismo se contagia como un bostezo. No es debilidad, es la misma puerta de la empatía.

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Mañana intenta cazar un contagio en directo. Cuando notes que tu ánimo cambia cerca de alguien, pregúntate: ¿esto que siento es mío, o me acaba de llegar de fuera? No hace falta hacer nada más. Distinguirlo ya es medio camino.

Algo diminuto para llevarte al día. Sin prisa, sin obligación.

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Bienvenido. Ayer dibujaste el mapa de tus personas tormenta. Hoy vamos a entender por qué su agitación se te pega. Porque tiene explicación, y entenderla descarga mucha culpa. Primero, llega. Busca una posición cómoda, donde el cuerpo pueda descansar. Afloja la mandíbula, los hombros, las manos. Inspira despacio por la nariz. Suelta el aire por la boca, sin prisa. Otra vez. Bien. Piensa en un bostezo. Alguien bosteza a tu lado y, sin querer, bostezas tú. Nadie te lo ordenó. Tu cuerpo respondió solo. Con las emociones pasa lo mismo. Los humanos estamos hechos para sincronizarnos. Un bebé llora y su madre siente la urgencia en el pecho antes de pensar nada. Alguien ríe con ganas y la risa te busca. Alguien entra tenso en una habitación y la habitación entera se tensa. Es un mecanismo antiquísimo. Gracias a él sobrevivimos: sentir lo que siente el grupo, avisarnos del peligro sin palabras. Imagina dos guitarras en la misma habitación. Haces sonar una cuerda en la primera, y la misma cuerda de la segunda empieza a vibrar sola. Así funcionas tú con la gente que te importa. Cuanto más cerca, más vibras. Y aquí viene lo importante, así que dilo por dentro conmigo: Contagiarte no es ser débil. Es estar hecho para sentir con otros. La misma puerta por la que entra la inundación es la puerta por la que entra la empatía, la ternura, la compañía. Por eso este recorrido no va de cerrar la puerta. Una puerta cerrada del todo se llama frialdad, y ese precio no lo vamos a pagar. Va de algo mejor: que la puerta tenga portero. Que seas tú quien decide qué pasa a tu casa y qué se queda fuera, mojándose solo. Eso se entrena, y lo entrenaremos. Hoy basta con verlo funcionar. Te propongo un ensayo pequeño. Recuerda la última vez que la agitación de alguien se te pegó. Una queja que te encendió. Una prisa ajena que te aceleró. Un mal humor que llegó a casa y te lo quedaste tú. Repasa la escena despacio, como una película. Y busca el momento exacto del contagio. El instante en que dejaste de estar como estabas y empezaste a estar como estaba el otro. Ahí. ¿Lo ves? Ese instante casi nadie lo mira. Tú acabas de mirarlo. Y lo que se mira con claridad empieza, muy despacio, a dejar de mandar. Vamos a completar el ensayo con la otra cara, porque la tiene. Recuerda ahora un contagio bueno. Alguien cuya risa te levantó un día entero. Una persona serena junto a la que, sin saber por qué, respirabas mejor. Quédate un momento en ese recuerdo. Nota cómo el cuerpo lo reconoce. La misma puerta, ¿ves? Por ahí entró lo mejor que te ha pasado con otros. Por eso no vamos a cerrarla nunca. Vamos a entrenar al portero. El que mira lo que llega y decide: esto pasa, esto se queda fuera. Todavía no sabe hacerlo. Le faltan semanas de entrenamiento, y las tendrá. Hoy le basta con haber visto las dos cosas: lo que entra y le moja, y lo que entra y le llena. Quédate un momento en silencio con este descubrimiento. No eres débil. Eres humano. Y vas a aprender el oficio de portero. La frase de hoy: La empatía y la inundación entran por la misma puerta. Aprende a ser tú quien la abre. Mañana: la tormenta casi nunca es contra ti. Gracias por estar aquí.

Esto es un capítulo de un recorrido más largo

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