Bienvenida.
Antes de empezar, deja que te cuente cómo funciona este recorrido, porque es un poco distinto a otros de la casa.
No hace falta escucharlo entero, ni en orden, ni un capítulo al día. Hay capítulos para cuando estás pensando en pedir una cita, otros para los días de antes, otros para la espera del resultado, y alguno para después.
Coge los que te toquen ahora. Los demás saben esperar.
Y una cosa importante, dicha desde el primer minuto: estos audios se escuchan antes o después. Nunca durante una prueba o una consulta, salvo que el propio centro te diga que puedes.
Ahora sí. Llega, como estés.
Busca una postura cómoda. Deja caer los hombros, afloja la mandíbula.
Si te apetece, una respiración suave, a tu ritmo. Y si fijarte en el aire no te va, no pasa nada: apoya bien los pies y quédate ahí.
Bien.
Una cita médica dura un rato. Media hora, quizá menos.
Pero por dentro puede empezar mucho antes: el día que llega el mensaje, o el día que el médico dice «vamos a mirarlo».
Desde ese momento hay dos citas en marcha.
La real, que tiene fecha, hora y una dirección.
Y la imaginada, que no tiene horario: aparece mientras friegas, en un semáforo en rojo, a la hora de apagar la luz.
La imaginada no pide permiso. El estómago se entera antes que la agenda.
Y si te está pasando, quiero decirte algo cuanto antes: no es una avería tuya. Es lo que hace el miedo cuando algo nos importa. Se adelanta. Ensaya.
A casi todo el mundo le ensaya algo: a unas personas la sala, a otras el resultado. Quizá lo tuyo sea otra cosa, o un poco de todo.
Lo que no voy a hacer es decirte cómo irá. No lo sé, y no me toca a mí saberlo.
Lo que sí podemos hacer, hoy mismo, es separar las dos citas. Porque se mezclan, y al mezclarse la imaginada se come a la real.
Vamos a probarlo ahora, con calma.
Trae tu cita a la cabeza, pero solo como ficha, sin escenas. Qué día es. A qué hora. En qué sitio.
Eso es la cita real. Cabe en tres líneas.
Fíjate qué pequeña es, comparada con todo lo que llevas ensayado.
Ahora pregúntate: ¿cuál es mi siguiente paso de verdad? No el de ese día. El de esta semana.
Quizá confirmar la cita. Quizá mirar cómo se llega. Quizá apuntar una duda para preguntarla.
Elige uno, solo uno, y déjalo apuntado en la cabeza o en el móvil.
Ya está. Eso es lo que existe hoy: tres datos y un paso.
Todo lo demás — la escena, las caras, el desenlace — son ensayos. Y los ensayos tienen una propiedad estupenda: se pueden dejar a medias.
Cuando vuelva uno, no hace falta discutirlo ni terminarlo. Puedes decirle por dentro: ya te veo, eres un ensayo. Y volver a lo que estabas haciendo, aunque él siga un rato de fondo.
Vamos a probarlo una vez más, para que el gesto se quede en el cuerpo.
Deja que aparezca un trocito del ensayo de estos días. El que más se repite. No lo desarrolles: míralo llegar, nada más.
Y ahora dile eso, con tus palabras o con las mías: ya te veo, eres un ensayo. La cita de verdad es el día tal, a tal hora. Hoy no es ese día.
Vuelve a la habitación donde estás. A la silla, a la luz que haya, a los pies.
Hoy es hoy. Tiene su cena, su ropa que recoger, su serie a medias. Todo eso también existe, y estaba quedando tapado.
No saldrá todas las veces, claro está que a la primera no sale casi nunca. Pero cada vez que separas la cita real de la ensayada, recuperas un trozo de tu semana.
Y de eso va esta temporada: no de quitarte el miedo, sino de que el miedo no organice él solo todos los días de antes.
La frase de hoy:
El miedo ensaya la cita muchas veces; la cita ocurre una.
Si lo que más te ronda son las dudas — qué me harán, qué tengo que llevar —, el siguiente capítulo va justo de eso: de convertirlas en preguntas con destinatario.
Gracias por empezar por aquí.