Bienvenido.
Esta es la hora de detenerse un momento.
La hora de mirar dónde estás realmente.
No dónde está tu cuerpo, que eso ya lo sabes.
Sino dónde está tu atención.
Si te apetece, busca una postura cómoda. Sentado, recostado. Como te quede mejor.
Solo deja que el cuerpo se afloje un poco.
Que los hombros bajen. Que la mandíbula se suelte.
Y, si quieres, toma aire por la nariz. Suéltalo despacio por la boca.
Otra vez.
Y otra más.
Sin dirigir nada. Solo notando.
Aquí.
Hoy queremos detenernos en algo extraño.
Una sospecha que casi nadie se atreve a mirar de frente.
Y es esta.
Casi todo el día estás en el pasado o en el futuro.
Y mientras tanto, la vida ocurre en otro sitio.
En el ahora.
Donde tú casi nunca estás.
No es un reproche.
No te lo digo para que te sientas mal.
Te lo digo porque es así, y porque darse cuenta es el primer paso.
Mira tu mañana.
Te has despertado pensando en lo que tenías que hacer.
Has desayunado revisando el móvil, ya en el futuro.
Has caminado repasando una conversación de ayer, ya en el pasado.
Has trabajado anticipando lo siguiente, sin estar en lo que tenías delante.
Y así, hora tras hora.
El cuerpo aquí, la mente en cualquier otro lugar.
Casi nunca los dos juntos.
Esto no es un defecto tuyo.
Le pasa a casi todo el mundo.
Vivimos en una época que premia anticipar y recordar.
Que valora calcular, planificar, repasar, mejorar.
Y olvida lo más simple.
Estar.
Solo estar.
Hay algo casi triste en esto, si lo miras despacio.
Pasan los años, y la mayoría de ellos no los hemos habitado de verdad.
Los hemos atravesado.
Como quien cruza una habitación sin mirarla.
La vida ha sucedido, sí. Pero en gran parte sin nosotros dentro.
Piensa en las últimas vacaciones.
Probablemente las planeaste mucho.
Las recordaste mucho cuando volviste.
Pero, mientras estabas en ellas, ¿cuántos minutos estuviste de verdad allí?
¿Cuántos atardeceres miraste sin pensar en hacerle una foto?
¿Cuántas comidas saboreaste sin estar ya pensando en la siguiente cosa?
Esto pasa con casi todo.
Con la infancia de los hijos.
Con las cenas con personas a las que querías.
Con caminos que cruzaste sin verlos.
Con momentos buenos que estabas demasiado ocupado anticipando para vivirlos.
Con momentos difíciles que estabas demasiado ocupado huyendo para entenderlos.
La vida estuvo ahí, ofreciéndose.
Y tú estabas en otra parte de tu cabeza.
A veces, cuando uno se da cuenta de esto, aparece una pequeña pena.
Es normal.
Es la pena de haber estado fuera tanto tiempo.
Déjala estar. No es mala señal.
Es justo lo que necesita aparecer para que ya no te vayas tantas horas seguidas.
No quiero que esto te angustie.
Solo que lo notes.
Porque hay una buena noticia escondida en este diagnóstico.
Si te has ido tantas veces, también puedes volver.
El ahora no se ha movido.
Sigue donde siempre.
Esperando, sin reproche, a que aparezcas.
No te exige nada.
No te pide que cambies de vida.
No te pide que dejes nada.
Solo que vengas, de vez en cuando, a habitar el lugar donde sí estás.
Te propongo algo muy pequeño.
Ahora mismo, sin moverte, comprueba dónde está tu mente.
No la juzgues. Solo mira.
¿Está aquí, contigo, escuchando estas palabras?
¿O se ha ido un instante a otra cosa?
Si se ha ido, sonríe por dentro.
Y vuelve.
Sin enfado. Sin "otra vez me he ido".
Solo: vuelvo.
Eso es todo.
Notar dónde estás, y volver.
Una vez al día, sería ya mucho más que ayer.
Si hoy te llevas solo una idea, que sea esta.
La vida no está pasando en otro sitio.
Está pasando ahora.
Y tú llevas mucho tiempo ausente.
No para castigarte.
Para invitarte a empezar, sin prisa, a aparecer.
Una vez. Y otra. Y otra más.
Hasta que estar aquí deje de ser raro.
Hasta que sea, simplemente, lo que haces.
Gracias por estar aquí.