Bienvenido.
Cuarta semana: volver a ser compañero. Y empieza recuperando algo que se te fue quedando en las sobremesas: tu opinión.
Llega primero.
Postura cómoda. La silla a su altura.
Inspira lento por la nariz.
Y suelta el aire por la boca, despacio.
Bien.
La escena, de este domingo o del anterior: comida familiar. Alguien pregunta — "¿y tú qué prefieres, playa o monte?". O "¿a ti qué te parece lo del colegio?".
Y tú contestas con el chiste. "Yo, donde me lleven." "A mí que me pregunten para las cervezas." Risas. Funciona — siempre funciona.
Y tu opinión, una vez más, no llega a existir.
El humor merece que se le hable bien, primero: es un talento tuyo, probablemente. Hace las comidas más amables, te ha sacado de mil aprietos, cae bien. No venimos a quitártelo.
Venimos a mirar cuándo lo usas de casa y cuándo de escondite. Porque el chiste, además de gracia, tiene una función que quizá no te habías nombrado: es la manera más elegante de no mojarse. El que bromea no opina — y el que no opina no puede ser corregido. Otro blindaje, primo del "me da igual" y del preguntar cada paso. Con el mismo precio: el sitio.
A fuerza de contestar con chistes, en tu casa — y en tu familia grande — se ha ido asentando algo: que tu casilla de opinión está vacía. Por eso ya casi ni te preguntan. Por eso el "pregúntale a ella". No fue mala fe: fue estadística.
Y la estadística se cambia con la frase de hoy. Apréndetela, que es física y todo:
"Fuera de bromas — yo prefiero..."
El chiste puede ir primero, si quiere: eres tú. Pero detrás, la frase entera. "Yo, donde me lleven... no, fuera de bromas: yo prefiero monte, que la playa en agosto me mata." Y ya. Sin tres justificaciones, sin encogerla con "pero como veáis", sin volumen de disculpa. Una frase entera, a volumen normal.
Dos cosas para que no pese de más:
Una preferencia no es una orden. Decir "prefiero monte" no obliga a nadie a ir al monte — igual se va a la playa, y no pasa nada. El objetivo no era ganar: era existir en la conversación. Eso ya está conseguido al decirla.
Y recibir un no tampoco te encoge. "Pues este año playa" — vale. Tu preferencia existió, se escuchó, y la próxima vez pesará un poco más. Así se reconstruye una casilla vacía: opinión a opinión, no victoria a victoria.
Cierra los ojos y ensaya.
Tu escena — la mesa, la pregunta, el chiste asomando...
Deja que salga el chiste si quiere... y detrás, la frase entera: "fuera de bromas, yo prefiero..." — complétala con algo tuyo, real, de esta semana.
Nota cómo suena tu voz diciendo una preferencia entera. A volumen normal. Sin pedir perdón. Así suena un adulto en una sobremesa — y no se ha roto nada.
Vuelve a la respiración.
Inspira lento.
Suelta despacio.
La frase de hoy:
El humor es un buen sitio para visitar y un mal sitio para esconderse. "Fuera de bromas, yo prefiero..." — con esa frase se vuelve a existir en las conversaciones.
Mañana: informar sin pedir permiso.
Gracias por estar aquí.