Bienvenido.
Aquí estás otra vez.
O aquí estás por primera vez, da igual.
Lo importante es que te has dado este rato.
En medio de todo lo que tira de ti, te has dado este rato.
Eso ya es un gesto bonito hacia ti mismo.
Acomoda el cuerpo como te apetezca. Sentado, tumbado, como sea.
Y, si puedes, baja un poco el ritmo.
No solo de la respiración.
El ritmo entero. Como si todo dentro de ti pudiera ir un poco más despacio durante un rato.
Suelta la cara.
Suelta la lengua.
Suelta las manos.
Y respira.
Aire por la nariz.
Salida por la boca, larga.
Otra vez.
Y una más.
Aquí.
Hoy queremos detenernos en algo que pasa todo el rato, sin que casi nadie se dé cuenta.
Enseñas.
Tú enseñas.
Aunque no seas profesor.
Aunque no des clases.
Aunque no creas tener nada que enseñar.
Enseñas todo el rato.
A tus hijos, si los tienes.
A tus compañeros de trabajo.
A tus amigos.
A quien te observa sin que tú lo sepas.
A los más jóvenes que un día recordarán cómo se hacían las cosas en su entorno cuando eran pequeños.
Constantemente, sin parar, sin querer, estás enseñando.
Y lo que enseñas no son tus palabras.
Ni siquiera son tus consejos.
Lo que enseñas es tu forma.
Tu cómo.
Tu manera de tratar a quien tienes delante.
Tu silencio cuando alguien te cuenta algo difícil.
Tu paciencia o tu impaciencia cuando algo no sale.
Tu manera de comer, de hablar, de mirar.
Tu actitud ante una mala noticia.
Tu actitud ante una buena.
Todo eso enseña.
Y enseña mucho más que cualquier discurso.
Hay una experiencia que casi todo el mundo ha tenido alguna vez.
Recuerdas a alguien de tu infancia no por lo que te dijo, sino por cómo era.
Un profesor que entraba en clase de una manera, y todo se calmaba.
Una abuela que cocinaba en silencio y ese silencio era cálido.
Un vecino que saludaba mirándote de verdad a los ojos.
Ninguno de ellos te enseñó "algo" con palabras.
Te enseñaron una forma de estar en el mundo.
Y esa forma se te quedó dentro.
Quizás décadas después todavía la llevas contigo.
Quizás todavía hoy, en algún momento, te descubres haciendo algo "como lo haría aquella persona".
Eso es enseñar.
Sin pretender. Sin hablar. Sin saber.
Y lo bonito y lo serio es que tú estás haciendo lo mismo todo el rato.
Hay personas, ahora mismo, que están aprendiendo de ti.
Sin que tú lo sepas.
Sin que ellas lo sepan.
Y lo que están aprendiendo es tu forma.
Tu cómo.
Tu silencio.
Tu manera de reaccionar cuando algo te frustra.
Tu manera de tratar al camarero que se equivoca.
Tu manera de hablar de la gente cuando no está delante.
Todo eso se está grabando en alguien, en algún sitio.
Y por eso, cuidar tu manera de estar es uno de los gestos más generosos que puedes hacer.
No por perfeccionismo.
No por aparentar.
Por respeto a los que aprenden de ti sin que tú lo sepas.
Y porque, a la vez, esa manera de cuidarte por dentro te transforma también a ti.
Te propongo una práctica diminuta.
Hoy, o mañana, en un momento cualquiera, prueba a hacerte una sola pregunta.
¿Qué estoy enseñando ahora mismo, sin querer?
No para juzgarte.
Solo para mirar.
En cómo estás contestando un mensaje. En cómo estás escuchando a quien te habla. En cómo estás esperando en una cola.
¿Qué estoy enseñando ahora?
A veces la respuesta te va a gustar.
A veces te va a sorprender.
A veces te va a doler un poco.
No pasa nada. Solo mira.
Vamos a quedarnos un momento más en silencio.
Sin pedirte nada.
Si quieres, deja que aparezca en tu mente una persona que aprendió algo de tu forma de ser, aunque tú no lo planeases.
Y deja que ese pensamiento se quede contigo.
Si hoy te llevas solo una idea, que sea esta:
Enseñas todo el rato.
Y lo que enseñas no son tus palabras.
Es tu forma. Tu cómo. Tu silencio.
Cuidar tu manera de estar es uno de los regalos más callados que puedes dejar.
Y, sin saberlo, también te da sentido a ti.
Gracias por estar aquí.