Bienvenido.
Esta es la hora de detenerse un momento.
La hora de mirar lo que es, sin pelearse con ello.
Si te apetece, ponte cómodo.
Sentado, recostado. Lo que tu cuerpo agradezca hoy.
Suelta lo que puedas soltar.
Los hombros, primero. La cara.
Las manos, que muchas veces siguen apretadas sin que te enteres.
Y, si quieres, respira por la nariz.
Suelta el aire por la boca, despacio.
Una vez. Otra. Una más.
Sin dirigir nada.
Solo notando que tu cuerpo respira sin que tú lo decidas.
Que ya hay algo, dentro de ti, que vive sin pedir permiso.
Hoy queremos hablar de algo que cuesta aceptar.
Lo que no se elige.
Casi nada importante en tu vida lo has elegido.
No elegiste nacer.
No elegiste a tu familia.
No elegiste el cuerpo con el que viniste.
No elegiste el siglo, ni el país, ni la lengua que te enseñaron primero.
No elegiste tu temperamento, ni las heridas tempranas que te marcaron.
No elegiste las enfermedades que llegaron.
No elegiste muchas de las pérdidas.
Y, sin embargo, esa es tu vida.
Esa, y no otra.
Hay una resistencia muy honda dentro del ser humano contra esto.
Una parte de nosotros se pasa años protestando.
"¿Por qué a mí?"
"Si hubiera nacido en otro sitio."
"Si me hubiera tocado otro cuerpo."
Estas preguntas son humanas. No hay que reprimirlas.
Pero, si uno se queda solo en ellas, no vive.
Porque la vida no es lo que habría sido en otras condiciones.
La vida es esto. Aquí. Con lo que hay.
Y aquí aparece una distinción que merece la pena.
Aceptar no es resignarse.
Conviene separar bien estas dos palabras, porque se mezclan y hacen daño.
Resignarse es decir "no me queda más remedio, qué se le va a hacer".
Es una rendición triste. Una manera de bajar los brazos sin mirar.
Aceptar es otra cosa.
Aceptar es decir "esto es así, y voy a vivirlo".
Es seguir mirando. Seguir cuidando.
Seguir haciendo lo que sí depende de ti dentro de lo que no depende.
La resignación apaga. La aceptación, sin pelearse, sigue encendida.
Hay algo más, todavía más difícil.
Lo que no eliges, si lo vives con dignidad, te define más que lo que eliges.
Cualquiera puede ser él mismo cuando todo fluye a favor.
Lo difícil es ser tú cuando lo que ocurre no era el plan.
Cuando la salud cambia.
Cuando la pareja no aparece, o aparece y se marcha.
Cuando los hijos son distintos a como los imaginabas.
Cuando la vida, en general, te entrega algo que tú no habrías firmado.
Ahí se ve quién eres.
No en lo que elegiste.
En cómo habitas lo que no elegiste.
Hay personas a las que la vida ha tratado con poca delicadeza y que llevan su circunstancia con una dignidad que sostiene a otros.
No las hace especiales una virtud rara.
Las hace especiales no haber traicionado lo más íntimo bajo el peso de lo que no podían cambiar.
Esa es una forma muy alta de sentido.
Cuando dejas de pelearte con lo que no se puede cambiar, aparece energía nueva.
La energía que se gastaba en protestar regresa.
Y se puede usar para lo que sí depende de ti.
Cómo tratas a los que tienes cerca hoy.
Qué cuidas dentro de las limitaciones que hay.
Es lucidez práctica.
Te propongo una práctica diminuta.
Piensa en algo de tu vida que no elegiste y que sigue ahí.
No lo más grande. Algo de tamaño medio.
Y, en silencio, di una sola frase.
"Esto también es mi vida."
No "esto está bien". No "esto me alegra".
Solo: esto también es mi vida.
Reconocer que está aquí.
Que vivirlo es la única manera de no perderlo en queja.
Y después, mira si dentro de eso que no elegiste hay algo, aunque sea pequeño, que sí depende de ti.
Un gesto. Una palabra. Un cuidado.
Lo que aparezca.
Vamos a quedarnos un momento más en silencio.
Si hoy te llevas una idea, que sea esta.
Casi nada importante lo has elegido.
Pero lo que sí depende de ti es cómo lo vives.
Y vivir con dignidad lo que no se eligió no es resignación.
Es la forma más madura de sentido.
Una forma callada que nadie te va a aplaudir.
Y que sostiene una vida entera.
Gracias por estar aquí.