Hola. Hoy es un día distinto.
No hay idea nueva. No hay nada que entender.
Hoy solo vamos a practicar, tú y yo, una cosa que parece pequeña y no lo es: pasar un minuto con una pregunta abierta, sin hacer nada para cerrarla.
Sin comprobar. Sin buscar. Sin preguntarle a nadie. Un minuto.
Y quiero decirte desde ya que este minuto no es una prueba de aguante. Se puede salir de él cuando quieras. Precisamente porque se puede salir, se puede estar.
Tampoco es para momentos de urgencia. Si algo requiere atención, la atención va primero, como quedó dicho el primer día. Este minuto es para las dudas que dan vueltas, no para lo que hay que atender.
Vamos a preparar el sitio.
Siéntate bien. Que la espalda tenga apoyo, que las manos descansen donde caigan.
Afloja lo que esté apretado. La frente. La mandíbula. Los hombros, que casi nunca hace falta tenerlos tan arriba.
El aire, a lo suyo. Entra y sale sin que lo mandes. Si en algún momento prefieres no fijarte en él, no te fijes: hay más sitios donde estar.
Ahora, los tres apoyos del minuto. Te los presento uno a uno.
El primero: los pies. Nota cómo tocan el suelo, el peso repartido. Si vas descalza, la temperatura. Si no, el roce.
El segundo: un objeto. Elige algo que veas desde ahí. Uno cualquiera. Míralo como si tuvieras que describírselo luego a alguien: su color de verdad, su forma, cómo le da la luz.
El tercero: un sonido. El más lejano que encuentres. Tráfico, un electrodoméstico, la calle. No hace falta que sea bonito. Solo que sea real.
Ya tienes los tres. Pies, objeto, sonido.
Ahora sí: el minuto.
Si hay una duda del cuerpo abierta estos días, no hace falta taparla. Puede quedarse aquí, contigo, como se queda una ventana entreabierta. Tú, mientras, estás en tus apoyos.
Yo te acompaño en silencio. Cuando algo tire de ti hacia la duda, vuelve al apoyo que prefieras. Las veces que haga falta. Volver no es fallar: volver es la práctica.
Empezamos.
Sigue ahí. Pies, si te sirven los pies.
El objeto sigue donde estaba. Míralo otra vez, como si fuera nuevo.
Y el sonido, o el que haya ahora. Los sonidos cambian solos, no pasa nada.
Un poco más. Lo estás haciendo.
Si en algún momento la duda ha tirado fuerte y te has ido con ella, bienvenida de vuelta. Nadie se queda quieto del todo en esto. Ir y volver es el ejercicio entero.
Ya está. El minuto se ha cumplido, con propina.
Nota un momento cómo estás. Sin nota, sin examen. Igual más tranquila, igual igual que antes. Las dos cosas cuentan como práctica hecha, y valen lo mismo.
Si te apetece, puedes repetir el minuto ahora, por tu cuenta, con los mismos tres apoyos. Yo me quedo callada mientras tanto. Y si con uno basta por hoy, seguimos.
Y ahora, la salida. Esto es importante, así que escúchalo entero.
Lo que hagas después de este minuto lo decides tú. Puede que toque consultar algo, porque hay algo nuevo o con dudas: adelante, esa puerta está abierta como el primer día. Puede que prefieras apuntar la pregunta para su momento. O puede que simplemente vuelvas a lo que estabas haciendo.
Este audio no elige por ti. Solo quería enseñarte que el minuto existe: que entre la duda y la respuesta hay un sitio donde se puede estar, acompañada, sin resolver todavía.
Ese sitio va a crecer en los próximos días. Hoy medía un minuto. Ya es más de lo que medía ayer.
Y una cosa más, por si el minuto ha sido difícil: los minutos difíciles también entrenan. A veces más que los fáciles, aunque dejen peor sabor de boca.
Mañana volvemos a la teoría, con un papel y dos frases que ordenan mucho.
Para guardar:
Un minuto sin resolver no es un minuto perdido.
Gracias por practicar conmigo.