Hola. Pasa, ponte a gusto.
Hoy vamos a hablar de un gesto que casi nadie cuenta en voz alta.
Pero antes, como cada día, un momento para llegar.
Los hombros sueltos. La cara sin hacer nada.
El aire entra solo, sale solo. No hay que dirigirlo.
Bien.
El gesto del que hablo es este: comprobar.
Tocarse una zona para ver si sigue igual. Mirarse en el espejo un poco más de la cuenta. O comparar: ¿esto lo tenía ayer? ¿Lo tendrá también otra gente?
Quizá lo haces, quizá no. Hay personas a las que la preocupación les pide justo lo contrario: no mirar nada de nada. Cada miedo tiene sus costumbres.
Si comprobar es lo tuyo, quiero decirte primero esto: es un gesto que nace del cuidado. Se comprueba porque importa. Nadie vigila lo que le da igual.
Así que nada de reñirse por ello. Bastante tiene una ya con la preocupación como para añadirle encima la vergüenza del gesto.
Y si te riñes igualmente, porque a veces sale solo, tampoco pasa nada. Se nota, se afloja, y seguimos.
Lo que pasa es que la comprobación tiene una letra pequeña.
Alivia en el momento. Y como alivia, se repite. Y al repetirse, a veces pasa algo curioso: cuanto más se mira una zona, más cosas se notan en ella. El cuerpo, mirado con lupa, nunca está del todo callado.
Entonces la comprobación, que venía a cerrar la duda, le abre una puerta nueva.
Pasa con el espejo, por ejemplo. Uno se acerca a mirarse para quedarse tranquilo, y el espejo, que no sabe de tranquilidades, devuelve más detalles de los que se buscaban. Y cada detalle, con miedo delante, parece decir algo.
Aquí conviene separar dos cosas, y esto es importante.
Hay observaciones que forman parte del cuidado de verdad: cuando tu médico te ha pedido vigilar algo concreto, o cuando notas algo nuevo que hay que contarle. Eso no se toca. Eso se hace, y se hace bien.
De lo que hablamos hoy es de la otra comprobación: la que nadie ha pedido, la que se repite por urgencia, la que ya sabes de antemano que no va a decirte nada nuevo.
Con esa, te propongo una práctica pequeña, que no consiste en dejar de comprobar, sino en meter un momento tuyo antes.
Vamos a ensayarla en la imaginación, que es donde mejor se aprende sin presión.
Imagina que aparecen las ganas de comprobar. Ese impulso conocido, con su prisa.
En vez de ir directa al gesto, primero nota los pies en el suelo. Solo eso. Los dos pies, su apoyo.
Ahora mira algo de la habitación. Cualquier cosa real: una silla, la luz de la ventana.
Y desde ahí, decide. Igual decides comprobar, y está bien: lo habrás elegido tú, no la prisa. Igual decides esperar un poco más, y también está bien.
El objetivo no es ganarle al impulso. Es que la decisión pase por ti.
Vamos a repetir el ensayo una vez más, porque la segunda ya sale distinta.
Otra vez el impulso imaginado, con su prisa de recién llegado.
Otra vez los pies. Fíjate en que los pies no tienen ninguna prisa. En eso son muy buenos.
Algo real a la vista. Lo que sea, no importa qué.
Y la decisión, tuya. Sin nota, sin acierto posible ni error posible.
Al principio, ese momento durará un suspiro. Con los días puede crecer solo, sin forzarlo.
Y fíjate en una cosa: no te he pedido que compruebes menos. Eso, si llega, llegará por su cuenta, cuando el gesto deje de ser automático y vuelva a ser una elección.
Quédate un momento tranquila, sin tarea. Con las manos quietas, que hoy han trabajado poco y está bien así.
Mañana nos metemos con el buscador del móvil, que también tiene lo suyo.
Para guardar hoy:
Entre las ganas de comprobar y comprobar, cabe un momento tuyo.
Gracias por venir también hoy.