Hola. Entramos en la última semana, y cambia la luz de los capítulos.
Ya hay caja de trucos: pausas, papeles, preguntas con destinatario, horas fuera del radar. Lo que queda ahora es más hondo y más sencillo: recolocar algunas cosas grandes. La primera, el cuerpo.
Llega, con calma de última semana.
Deja que todo baje un poco: hombros, párpados si quieren, ritmo.
Quiero empezar con una pregunta rara: estos meses, ¿qué ha sido el cuerpo para ti?
Si la salud lleva tiempo dando miedo, es probable que la respuesta se parezca a esto: un caso abierto. Un sitio del que llegan avisos. Un territorio que se patrulla.
Es lo que hace el miedo con lo que ama: lo convierte en expediente. Y no se le puede reprochar, porque vigilaba por cariño. Pero el cuerpo, mientras tanto, seguía haciendo otras mil cosas de las que nadie hablaba.
Porque el cuerpo no solo produce sensaciones que interpretar.
También aguanta. Ahora mismo, sin que se lo pidas, los pies están dispuestos a llevarte donde quieras y la espalda lleva contigo todo el día.
También recibe. El agua caliente de la ducha, que cae donde tiene que caer. El lado fresco de la almohada. El olor del café antes del primer sorbo.
Y también descansa, digiere, repara, camina, abraza. La inmensa mayoría de lo que el cuerpo hace cada día no da ninguna señal, porque va bien y lo que va bien es silencioso.
Hoy vamos a practicar mirar esa parte. Y atención al matiz, que es la clave del capítulo: sin obligación de agradecer.
Nada de «da gracias a tu cuerpo», si no te sale. La gratitud forzada es otra tarea más, y tareas ya tienes. Esto es solo percepción: notar lo que hay, que lleva meses sin ser notado.
Empezamos por los pies, viejos amigos de este recorrido. Pero hoy no como ancla contra la alarma: como lo que son. Dos apoyos que te sujetan sin cobrar nada.
Sube ahora a las manos. Míralas si quieres. La cantidad de cosas que han hecho hoy: puertas, botones, alguna caricia quizá.
Nota el apoyo entero del cuerpo en el asiento. Todo lo que pesa está aguantado. No lo aguantas tú: te aguantan.
Y ahora, si te apetece y solo si te apetece, deja que venga a la memoria un momento reciente en que el cuerpo fue un buen sitio. Una ducha, una siesta, un paseo con buena temperatura. Uno cualquiera.
Ahí no había caso abierto. Había vida corriente pasando por el cuerpo. De esa hay todos los días, aunque el radar no la registre.
Quédate un poco más en esta percepción, sin buscarle utilidad. El cuerpo aguantando, recibiendo, estando. No hace falta sentir nada bonito: con notar que ocurre, sobra.
Y si lo que notas es neutro, o soso, mejor todavía. Lo neutro es un lujo que el miedo no deja disfrutar: significa que en este momento no hay nada reclamando atención. Ese aburrimiento del cuerpo es una de las mejores noticias que existen, y nadie la celebra.
Si en algún momento de esta práctica mirar el cuerpo se ha vuelto incómodo — pasa, y no es ningún fallo —, la salida de la casa sigue abierta: los sonidos de alrededor, un objeto a la vista, y tan bien está. Este capítulo no obliga a mirar dentro. Solo deja dicho que dentro no todo es expediente.
El trabajo de mañana, ya en la semilla del día, va de cazar esos momentos al vuelo. Dos o tres al día bastan. No cambian nada por sí solos, y a la vez lo cambian todo, porque el cuerpo empieza a tener de nuevo más caras que la del sospechoso.
Mañana tocamos una historia delicada, con todo el cuidado: la de las enfermedades que vimos de cerca en otros.
Si te llevas una sola frase de hoy, que sea esta:
El cuerpo no es solo lo que preocupa: también es lo que te lleva.
Gracias por esta mirada nueva. El cuerpo, aunque calla, se entera.