Hoy quiero empezar por una palabra que a casi nadie le gusta. Aviso desde ya.
Esperar.
Pero antes, tu llegada. Que el cuerpo encuentre su postura sin que tú trabajes mucho.
Suelta el aire una vez, despacio, si apetece.
Bien.
En los asuntos del cuerpo hay una parte que nadie cuenta: la cantidad de espera que traen.
Esperar una cita. Esperar a que algo se vea con el tiempo, porque el tiempo también es una manera de mirar que usa la medicina, y de las buenas. Esperar a la siguiente revisión, que parece lejísimos.
Y la cabeza asustada lleva fatal la espera. Para ella, «aún no se sabe» suena a «hay que averiguarlo ya», y se pone a trabajar en el caso día y noche, como si resolver fuera cuestión de insistir.
La verdad es más sencilla y más dura a la vez: hay cosas que hoy no se pueden saber. Ni buscando más, ni pensando más, ni repasando más. La información que falta llegará por su camino — una consulta, una prueba, el propio tiempo — y no antes.
Pensarlo mucho no acorta el plazo. Solo llena el plazo de ruido.
Cuidado, porque esto puede oírse mal, y no quiero que se oiga mal.
No estoy diciendo «resígnate», ni «deja de preocuparte», que es un consejo que no funciona jamás. Estoy diciendo otra cosa: que la espera puede tener orden.
Y el orden cabe en una frase de dos partes.
Hoy sé esto. Lo siguiente será esto otro.
La primera parte junta lo que ya está en tu mano: lo que dijo la última consulta, lo que hay apuntado, lo que el plan indica.
La segunda parte nombra el próximo escalón real: la cita del día tal, la llamada que hay que hacer, el resultado que llegará cuando llegue.
Entre las dos partes no hay hueco para el «¿y si…?». Bueno, sí lo hay — el «¿y si…?» se cuela donde quiere —, pero cuando aparece, la frase le enseña el mapa: esto es lo que hay, esto es lo que viene. Lo demás no es de hoy.
Vamos a construir la tuya, con calma.
Piensa en algo que estés esperando ahora, si lo hay. O en la última espera que viviste, para ensayar.
Primera parte. Hoy sé… ¿qué? Dilo por dentro con datos, como si informaras a alguien de confianza que pregunta con cariño.
Segunda parte. Lo siguiente será… ¿qué? Ponle nombre y, si la tiene, fecha. Y si no tiene fecha, ponle camino: «cuando llame el centro», «en la revisión».
Júntalas ahora, una detrás de otra, con tus palabras.
¿Notas lo que hace esa frase? No responde la gran pregunta. La gran pregunta seguirá su curso. Pero pone suelo debajo de los pies: hoy, esto; después, aquello.
Con suelo debajo se espera de otra manera.
Un aviso para que la frase no se estropee: no la conviertas en conjuro. No es para repetirla cincuenta veces hasta que la duda se calle, porque entonces sería una comprobación más, disfrazada de sabiduría. Se dice una vez, con calma, cuando hace falta. Como quien consulta un mapa: se mira, se entiende, y se sigue caminando.
Y una cosa más sobre las esperas, porque lo mereces después de tantos días de trabajo.
Esperar cansa. Aunque no se haga nada, cansa. Si estos días estás más agotada de lo normal, no es flojera: es que llevas una tarea de fondo abierta. Así que trátate como se trata a alguien que está haciendo un esfuerzo, porque lo estás haciendo.
Algo amable hoy. Pequeño, concreto. Un paseo, una llamada agradable, un rato de algo que te guste. No como premio: como parte del plan.
Mañana afinaremos una diferencia que lo ordena todo: cuidarse no es lo mismo que vigilarse.
La frase de hoy, ya la sabes:
Hoy sé esto; lo siguiente llegará con su fecha.
Gracias por esperar acompañada. Se espera mejor así, aunque la espera sea la misma.