Reconciliarse con el pasado · Cap 6 / 25

Volver a buscar al niño que fuiste

Imaginación guiada. Sentarte a su lado.

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Mañana, quizá con el primer café, deja venir un instante la imagen del niño o la niña que fuiste. No le pidas nada y no te pidas nada: solo salúdale por dentro, un segundo, y sigue con lo tuyo. Saber que está ahí ya es volver a buscarle.

Algo diminuto para llevarte al día. Sin prisa, sin obligación.

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Bienvenido. Antes de empezar, una palabra. Lo que vamos a hacer hoy puede tocar algo hondo. Vamos a visitar al niño que fuiste. Si en algún momento sientes que es demasiado, abre los ojos. Vuelve al cuarto. No hay que llegar a ninguna parte. Esto se hace muy despacio, o no se hace. Busca una postura cómoda. Sentado, tumbado, como te quede mejor. Que los hombros bajen. Que la mandíbula se suelte. Toma aire por la nariz. Suéltalo despacio por la boca. Otra vez. Y otra más. Sin dirigir nada. Solo notando. Aquí. Hoy queremos ir a un lugar al que casi nadie va. Un lugar que estaba esperándote, en silencio, desde hace mucho. No es un lugar lejano. Es un lugar que llevas dentro. Es el niño que fuiste. Sigue ahí. No se ha ido a ninguna parte. Vive en algún rincón silencioso de tu casa interior. Y a veces, en los momentos más inesperados, asoma. Cuando te encoges al oír una voz subida. Cuando algo se te aprieta en el pecho sin motivo. Cuando una imagen, una canción, un olor, te devuelven a una habitación olvidada. Eso es él. O ella. El niño que fuiste, llamando suavemente desde dentro. Hoy vamos a ir a buscarlo. No para arreglarle. No para entenderle todo de golpe. Solo para sentarnos a su lado. Cierra los ojos, si quieres. Y deja que aparezca una imagen. Imagínale como era. Quizá tenga cinco años. Quizá ocho. Quizá la edad en la que aún miraba al mundo con asombro. O con miedo. Tú sabes qué edad escoger. Deja que venga la primera que aparezca, sin forzar. A lo mejor es el niño que sale en una foto vieja. A lo mejor es uno que solo recuerdas tú. Mírale despacio. ¿Cómo va vestido? ¿Dónde está? ¿Está solo o hay alguien cerca? ¿Qué hace con las manos? No tienes que recordar nada concreto. Deja que la imagen se vaya formando sola. Y ahora, sin prisa, acércate. Despacio. Como te acercarías a un niño que no conoces y no quieres asustar. No le mires desde arriba. Agáchate. Ponte a su altura. Y siéntate a su lado. En el suelo, si hace falta. Sin decir nada. Sin pedirle nada. Sin esperar que él te mire siquiera. Solo estar ahí. Quizá note tu presencia y se gire un poco. Quizá no. No importa. Lo que importa es que tú estás. Por primera vez en mucho tiempo, alguien se sienta con él sin querer cambiarle. Sin decirle "no llores". Sin decirle "no es para tanto". Sin decirle "ya eres mayor para eso". Solo se sienta. Y le acompaña. Quédate ahí un momento. Respira con él. Si notas algo en el pecho o en la garganta, déjalo estar. No hay que hacer nada con eso. Solo es el cuerpo recordando que ese niño existe. Que siempre ha existido. Que ha esperado mucho tiempo a que alguien volviera. Mira las manos pequeñas que tiene. Las rodillas. La nuca. Esa piel suya que aún no sabe nada del mundo. Y date cuenta de una cosa que casi nadie se permite ver. Ese niño no hizo nada mal. No fue demasiado. No fue insuficiente. No fue raro. Solo fue niño. Y la vida, los adultos, lo que vino, le pidió cosas que no le tocaba sostener. Por eso, en algún momento, aprendió a callar. A hacerse pequeño. A no molestar. A complacer. A esconder lo que sentía. A volverse el que hacía falta. No por culpa suya. Por supervivencia. Y aún hoy, dentro de ti, sigue haciendo lo mismo cuando se siente en peligro. Mírale con esa luz nueva. No es un niño con un problema. Es un niño que sobrevivió. Y lo hizo solo. Sin nadie que se lo agradeciera. Quizá ahora, sentado a su lado, puedes hacer ese gesto que nadie hizo. En silencio, por dentro, decirle gracias. Gracias por aguantar. Gracias por seguir aquí. Gracias por no rendirte cuando hubieras tenido motivos. No hace falta más. No hay que llorar a propósito. Si las lágrimas vienen, vienen. Si no, también está bien. Esto no es una prueba. Es un encuentro. Y ahora, sin movimiento brusco, vuelve despacio a tu respiración. Al cuarto. A la postura. Al aire que entra y sale. El niño se queda dentro. No se va. Solo descansa, sabiendo que alguien por fin sabe que está ahí. Si te llevas una sola idea hoy, que sea esta: El niño que fuiste no necesita que le rescates, solo necesita que vuelvas a buscarle. Gracias por estar aquí.

Esto es un capítulo de un recorrido más largo

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