Reconciliarse con el pasado · Cap 4 / 25

Lo que el pasado te enseñó a creer sobre ti

Las narrativas heredadas. La voz que repite.

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Para después de escuchar

Mañana, la primera vez que algo te salga mal, escucha la frase que te dices por dentro. Y pregúntale, sin pelearte con ella: de quién aprendí esto. No hace falta respuesta; notar que esa frase tiene origen, que llegó de fuera, ya la debilita un poco.

Algo diminuto para llevarte al día. Sin prisa, sin obligación.

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Hola. Qué bueno que sigas viniendo. Antes de empezar, una nota. Hoy vamos a escuchar las voces que el pasado dejó dentro. Frases que repites sin darte cuenta. Si lo que aparece te duele demasiado, puedes parar. No tienes que aguantarlo. Pausa cuando lo necesites. Si te apetece seguir, deja que el cuerpo se acomode. Hombros que bajan. Mandíbula que se suelta. Aire que entra por la nariz. Sale despacio por la boca. Otra vez. Aquí. Hay algo que casi todo el mundo lleva y casi nadie examina. Las creencias heredadas. No las opiniones. Las opiniones se ven. Las creencias profundas, las que se hicieron antes de que tuvieras palabras para discutirlas. Las que se colaron por la repetición, por el gesto, por el silencio de los adultos. Las que aprendiste sin saber que estabas aprendiendo. Y siguen ahí, dictando por debajo. Hay una voz dentro que repite cosas. A veces es muy bajita. A veces, gritona. A veces se disfraza de pensamiento racional. A veces aparece de pronto cuando algo te sale mal. Tiene frases preferidas. "No soy suficiente". "Tengo que poder con todo". "Si me muestro como soy, no me van a querer". "Pedir es de débiles". "Hay que ser fuerte". "No molestes". "Otros lo pasan peor, no te quejes". Cada uno tiene las suyas. Pero todos tenemos. Y lo curioso es esto: esas frases sonaron a alguien antes que a ti. Un padre cansado. Una madre con sus propias heridas. Un maestro que tenía un mal día. Un sistema entero que premiaba aguantar y castigaba sentir. Tú no inventaste esas voces. Las heredaste. Como heredas el color de los ojos, o la forma de las manos. Sin haberlo pedido. Y esto es importante. Porque, mientras crees que esas voces son tuyas, las defiendes. Crees que dicen la verdad sobre ti. "Yo soy así". "Yo no valgo". "Yo siempre me equivoco". Pero no eres tú quien habla. Es lo que escuchaste tantas veces que se convirtió en eco. El día que distingues entre tú y el eco, algo se libera. Puedes seguir escuchándolo, sí. Va a seguir saliendo. Lleva décadas saliendo. Pero ya no te confundes con él. Puedes decirle, sin pelearte: "ah, esa frase otra vez". "Te conozco. Vienes de lejos. Pero ya no eres yo". Y eso, repetido, debilita la voz. No de golpe. Despacio. Como agua que va gastando una piedra. Hay creencias que parecen verdades absolutas. "Si no rindo, no valgo". "Si descanso, soy un vago". "Si pido ayuda, soy una carga". Suenan a evidencias. Pero son herencias. Y como toda herencia, puedes mirarlas, sopesarlas, y decidir qué quieres seguir cargando y qué no. No todo lo que te dieron tiene que viajar contigo el resto del camino. Hay algo más, y conviene decirlo. Esas voces, en su momento, sirvieron para algo. No aparecieron porque sí. "No molestes" te protegía cuando molestar tenía consecuencias. "Tengo que poder con todo" te ayudaba a sobrevivir cuando no había nadie sosteniendo. "No soy suficiente" te empujaba a esforzarte cuando solo así te miraban. Esas voces te cuidaron a su manera. Por eso es injusto odiarlas. Pero también es necesario jubilarlas. Lo que te salvó a los siete años hoy te ahoga a los cuarenta. Y se les puede dar las gracias, sin necesidad de seguir obedeciéndolas. "Gracias por cuidarme entonces. Ya puedo cuidarme yo". Esa frase, dicha por dentro alguna vez, hace algo. No mucho de golpe. Algo. Te propongo una práctica muy pequeña. Trae a la mente una frase que te repites cuando algo sale mal. Una sola. La más conocida. Dila por dentro, despacio. Y luego pregunta, sin prisa: "¿De quién aprendí esta frase?". A lo mejor te viene una cara. A lo mejor te viene un tono. A lo mejor no te viene nada y solo te viene la sensación de que es antigua. Cualquiera de las tres respuestas vale. Lo que importa es notar que esa frase tiene origen. No nació contigo. Llegó. Y lo que llegó, puede irse. Si te llevas una sola idea hoy, que sea esta: Lo que crees sobre ti no siempre es la verdad sobre ti. Muchas veces es solo el eco de lo que otros te dijeron, en una época en la que no podías defenderte. Hoy ya puedes. Y empezar a notarlo es empezar a soltarlo. Gracias por estar aquí.

Esto es un capítulo de un recorrido más largo

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