Bienvenido.
Hoy vamos a firmar una paz que casi nadie firma nunca.
La paz con el cuerpo.
Y no con cualquier cuerpo: con el de hoy. Con este.
Llega primero.
Precisamente hoy, llega al cuerpo.
Nota los puntos donde se apoya. El peso repartido.
Toma aire por la nariz, y deja que baje hondo.
Suéltalo despacio.
Otra vez.
Bien.
Escucha esto.
Hay alguien que ha estado contigo en todo.
En todas las noches de tu vida. En todos los exámenes, los duelos, los abrazos.
Alguien que no se ha ido jamás, ni un solo segundo, desde antes de que nacieras.
Tu cuerpo.
El compañero más leal que has tenido y tendrás nunca.
Y ahora, con la mano en el corazón, responde:
¿cómo le hablas?
A la mayoría nos sale un tono que no usaríamos con nadie más.
Frente al espejo: reproches.
Cuando se cansa: exigencias.
Cuando duele o enferma: enfado, como si nos traicionara.
Y la comparación constante: con el cuerpo de otros, con el cuerpo de antes, con el cuerpo que "deberíamos" tener.
Es una guerra silenciosa, de años.
Y como toda guerra, agota a los dos bandos.
Hoy toca armisticio.
Y de nuevo, precisión, porque aquí también hay malentendidos.
Firmar la paz con tu cuerpo no es abandonarlo.
No es dejar de cuidarte, ni renunciar a estar más fuerte o más sano.
Es cambiar el lugar desde el que lo haces.
Se puede cuidar un cuerpo desde el castigo: corrigiéndolo, a regañadientes, como a un empleado que no rinde.
Y se puede cuidar desde la paz: como se cuida a alguien que quieres que viva muchos años.
Los dos hacen ejercicio. Los dos comen bien.
Pero uno vive en guerra y el otro en casa.
Vamos a la práctica, que hoy es muy física.
Lleva una mano al pecho, si puedes.
Nota, debajo de la palma, ese golpeteo discreto.
Tu corazón lleva latiendo desde antes de que tuvieras nombre.
Sin pedirte permiso. Sin cobrarte nada. Sin un solo día libre.
Déjale llegar, quizás por primera vez, un mensaje de vuelta.
Por dentro, díselo: gracias por seguir.
Ahora recorre el resto, despacio, como quien pasa revista a un viejo equipo.
Los pulmones, que respiran solos mientras duermes.
Las piernas, que te han llevado a todas partes.
Las manos, que han acariciado, trabajado, sostenido.
Y ahora, la parte valiente.
Ve a esa zona de tu cuerpo que sueles criticar.
Cada cual sabe la suya.
Mírala un momento sin el discurso de siempre.
Y prueba a decirle lo mismo: gracias por seguir.
No "ya me gustas". No hace falta mentir.
Solo: gracias por seguir.
Es la frase del armisticio.
Respira una vez más, entero.
Nota el cuerpo entero respirando contigo. El equipo completo.
Este cuerpo te va a acompañar hasta el final del viaje.
Es el único que va a estar en todo lo que te queda por vivir.
Merece ir en paz.
La frase de hoy:
Tu cuerpo no es tu enemigo.
Es el único que nunca se ha ido.
Mañana, las paces con la mente.
Gracias por estar aquí.