Atravesar el miedo · Cap 6 / 25

El miedo a no ser suficiente

El que casi todos cargamos. De dónde viene.

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Mañana, antes de levantarte de la cama, pon una mano sobre el pecho y siente su calor un momento. Y dite por dentro, sin necesidad de creerlo del todo: no tengo que ganarme estar aquí, ya estoy aquí. Déjala caer como una semilla en tierra blanda; germinará a su ritmo.

Algo diminuto para llevarte al día. Sin prisa, sin obligación.

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Bienvenido. Antes de empezar, deja que el cuerpo se acomode. Como si llegaras a casa después de un día largo. Sin hacer nada especial. Solo aflojar. Los hombros bajan. La mandíbula se suelta. La frente se descansa. Toma aire por la nariz. Suéltalo despacio por la boca. Otra vez. Y otra más. Sin dirigir nada. Solo notando. Aquí. Hoy queremos detenernos en un miedo que casi todos cargamos. Un miedo tan común que ya casi no lo vemos. El miedo a no ser suficiente. A no ser suficiente para tu pareja. A no ser suficiente para tus padres. A no ser suficiente para tu trabajo, para tus hijos, para la vida. Mucha gente vive con este miedo de fondo durante años, sin saber que lo lleva puesto. Como un ruido que ya no escuchas porque siempre ha estado ahí. Quiero contarte algo importante. Este miedo no nació contigo. Se aprendió. Y se aprendió temprano. Cuando eras pequeño, el amor que recibías casi siempre venía con condiciones. Te querían más cuando te portabas bien. Te miraban con más orgullo cuando sacabas buenas notas. Te aplaudían cuando hacías reír a los mayores. Y, sin que nadie te lo dijera con palabras, el cuerpo entendió una cosa. Que el amor se ganaba. Que el cariño dependía de algo. Que para ser querido había que merecerlo. Esto no fue culpa de nadie. Tus padres también lo aprendieron así. Y los suyos antes que ellos. Es una herencia silenciosa que pasa de generación en generación, sin que nadie se dé cuenta. Pero el problema es este. Lo que aprendiste de niño se quedó dentro. Y aún hoy, de adulto, sigues actuando como si tuvieras que ganarte tu sitio. Te esfuerzas más de la cuenta para que te quieran. Dices que sí cuando querrías decir que no, por miedo a decepcionar. Te quedas hasta tarde trabajando para demostrar que mereces el puesto. Te callas lo que sientes para no incomodar. Y, debajo de todo, hay una pregunta vieja que nunca se contesta. ¿Soy suficiente? Ahora escucha esto despacio. Eres suficiente. No porque hayas hecho nada. No porque hayas conseguido algo. No porque te lo hayas ganado. Eres suficiente, simplemente, porque ya estás aquí. Tu valor no se construye. No se demuestra. No se pierde si fallas. Está debajo de todo lo que haces, como el suelo está debajo de la casa. No tienes que sostenerlo. Ya te sostiene él a ti. Esto cuesta creerlo, lo sé. Porque toda una vida diciéndote que tenías que esforzarte para ser querido no se borra en un día. Pero aquí, en este momento de silencio, puedes empezar a oír otra voz. Una voz más callada, más vieja, más verdadera. Una voz que no te pide nada. Que solo dice: ya estás aquí. Con eso basta. Te propongo una práctica diminuta. Cierra los ojos un momento, si quieres. Y pon una mano sobre el pecho. Sin hacer nada más. Solo siente el calor de tu propia mano sobre tu propio cuerpo. Y dite, en silencio, sin convencerte: "No tengo que ganarme estar aquí. Ya estoy aquí." Quédate un momento con esa frase. No hace falta creerla del todo. A veces basta con dejarla caer dentro, como una semilla en tierra blanda. Algún día germinará. Si hoy te llevas una sola cosa, que sea esta. Tu valor no depende de lo que haces. No depende de a quién agradas. No depende de cuánto produces. Está ya puesto, desde antes. Y aunque te olvides una y otra vez, siempre puedes volver a recordarlo. Aquí. En el cuerpo. En la respiración. En la mano sobre el pecho. Mañana, si recuerdas, vuelve a este gesto. Una mano. Un momento. Una frase. Sin exigirte. Gracias por estar aquí.

Esto es un capítulo de un recorrido más largo

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