Aflojar las manos · Cap 3 / 25

Lo que en realidad sostenemos

Ideas, expectativas, identidades, personas. Inventario.

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10 minutos · meditación contemplativa · Busca un sitio tranquilo, si puedes

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Qué bien que estés aquí. Vamos a hacer una pausa. Una de esas pausas que parecen no servir para nada y que terminan ordenando muchas cosas por dentro. Si te apetece, busca una postura cómoda. Sentado, recostado. Como te quede mejor. Deja que el cuerpo se afloje un poco. Que los hombros bajen. Que la mandíbula se suelte. Toma aire por la nariz. Suéltalo despacio por la boca. Otra vez. Sin dirigir nada. Solo notando. Aquí. Hoy queremos detenernos en una pregunta sencilla que casi nunca nos hacemos. ¿Qué estoy sosteniendo, en realidad? Porque hablamos de soltar como si supiéramos lo que llevamos en las manos. Y casi nunca lo sabemos. Hay un malentendido frecuente. Pensamos que sostenemos cosas grandes. Una hipoteca. Un trabajo. Una relación. Pero esas son las cosas visibles. Lo que en realidad sostenemos es mucho más silencioso, y casi siempre invisible. Vamos a mirar. Lo primero que sostenemos son ideas. Ideas sobre cómo deberían ser las cosas. Sobre cómo deberíamos haber sido nosotros. Sobre cómo deberían tratarnos los demás. Cada idea de estas pesa. Aunque no la digas en voz alta, pesa. Y la sostienes durante años, sin saber que lo haces. Lo segundo que sostenemos son expectativas. La conversación que esperabas tener y que no tuviste. El reconocimiento que esperabas recibir y que no llegó. La vida que imaginaste a los veinte y que no se ha parecido en nada a la que tienes. Eso también lo llevas en las manos. Aunque no lo veas. Lo tercero que sostenemos son identidades. Maneras de presentarnos al mundo. "Yo soy el fuerte". "Yo soy el que cuida". "Yo no necesito a nadie". "Yo siempre puedo". Son etiquetas que un día te ayudaron y que ahora te aprietan como ropa pequeña. Y sin embargo, las llevas. Porque te has acostumbrado a ellas. Y lo cuarto, lo más delicado, son personas. No las personas en sí. La idea que tienes de ellas. La versión que esperabas. La conversación pendiente. El reproche no dicho. El agradecimiento que nunca llegó a salir. Eso es lo que sostienes de la gente. No a la gente. Y todo esto, junto, hace un peso enorme. Tan enorme que ya no notas que lo llevas. Como cuando alguien lleva años con una mochila puesta y ha olvidado que la tiene. Te propongo una cosa pequeña. No tienes que soltar nada. Solo, ahora, despacio, hacer un inventario silencioso. Mira a ver si encuentras una idea que llevas sosteniendo desde hace años. Solo una. Quizá sea "tengo que poder con todo". Quizá sea "no puedo decepcionar". Quizá sea otra que solo tú conoces. Mírala. Como si la pusieras sobre una mesa. No la juzgues. No la sueltes todavía. Solo reconoce que ahí está. Que has venido cargándola. Que ha estado contigo más años de los que pensabas. A veces, solo nombrar lo que llevas ya alivia algo. Como si la mochila se hiciera un poco más ligera por el simple hecho de saber qué hay dentro. Vamos a quedarnos un momento en silencio. Sin pedirte nada. Si hoy te llevas solo una idea, que sea esta: No se puede soltar lo que no se ha mirado primero. Antes del gesto, viene el inventario. Saber qué cargas. Verlo despacio. Sin prisa por dejarlo. Lo demás vendrá después, casi solo. Gracias por estar aquí.

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Otros capítulos del recorrido

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  1. 01

    El puño que llevas cerrado sin saberlo

    Notar las manos del alma siempre apretadas.

  2. 02

    La diferencia entre soltar y rendirse

    Soltar es activo, no pasivo. Es decisión, no derrota.