Hola otra vez.
Hoy vamos a hablar de algo muy concreto.
De tu primera media hora con el silencio.
De lo que pasa, de lo que no pasa, y de lo que casi nadie te cuenta.
Pero antes, baja el ritmo.
Busca una postura cómoda.
Asienta los pies, o las piernas, o la espalda. Como puedas.
Deja que el cuerpo se entregue al sitio.
Suelta el cuello.
Suelta el entrecejo.
Suelta el pecho, que muchas veces lo llevamos cerrado.
Aire que entra.
Aire que sale.
Sin prisa.
Sin esperar nada.
Imagínate que mañana decides sentarte media hora en silencio.
Solo media hora. Sin móvil. Sin nada que hacer.
Casi nadie te ha contado lo que viene.
Y, sin saberlo, esperas algo equivocado.
Esperas paz.
Esperas claridad.
Esperas, quizá, una pequeña iluminación.
Y al no llegar, piensas que lo estás haciendo mal.
Respira.
Lo primero que aparece, casi siempre, es lo contrario.
Aparece inquietud.
Aparece la urgencia de mirar el reloj.
Aparece ese picor raro en la nariz justo cuando decides no moverte.
Aparece la lista interminable de cosas que podrías estar haciendo.
Aparece la sensación de que media hora es muchísimo.
Esto no es un fracaso.
Esto es exactamente lo que tiene que pasar.
Respira.
Tu mente lleva años corriendo.
Cuando la sientas, sigue corriendo en el sitio durante un rato.
Es como un perro al que sueltas después de horas atado.
Va a dar vueltas, va a saltar, va a ladrar.
Y poco a poco, se cansa.
Y se tumba.
Eso pasa también dentro.
Tienes que dejarle ese rato para que se canse.
No hay atajo.
Respira otra vez.
Lo segundo que aparece, si te quedas, es el cuerpo.
Notas tensiones que no sabías que tenías.
Notas que respiras muy arriba.
Notas que el pecho está apretado, o que la mandíbula está dura como una piedra.
Notas que los pies, quizá, están fríos.
Eso tampoco es un problema.
Es la primera vez en mucho tiempo que el cuerpo se siente escuchado.
Y empieza a contar.
Cuando empiece a contar, escúchalo.
No lo arregles. No lo corrijas.
Solo nota lo que dice.
Respira.
Lo tercero que aparece, ya un poco más adentro, es una sensación curiosa.
Una mezcla de aburrimiento y de quietud.
Como si una parte de ti se hubiera bajado del tren.
Es ahí donde algunos huyen.
Porque el aburrimiento, cuando no estamos acostumbrados, asusta.
Asusta porque debajo del aburrimiento, a veces, asoma una pregunta vieja.
O una emoción que llevábamos años sin sentir.
Pero ese aburrimiento, si lo dejas estar, se transforma.
Se vuelve descanso.
Se vuelve un cierto reposo que no recordabas.
Una hondura serena que no tiene nombre.
Respira otra vez.
Y conviene decirlo claro.
En tu primera media hora, probablemente, no llegues hasta ahí.
Quizá te quedes en la inquietud todo el rato.
Eso también está bien.
Porque la práctica no se mide por lo que sientes.
Se mide por haberte quedado.
Por no haberte levantado a los cinco minutos.
Cada vez que te quedas, algo se afloja.
Aunque no lo notes ese día.
Te propongo una práctica diminuta.
No hace falta media hora todavía.
Solo cinco minutos.
Cuando termine esta meditación, ponte un temporizador.
Cinco minutos sentado, sin hacer nada.
Si aparece inquietud, no la combatas. Mírala.
Si aparece una idea, no la sigas. Vuelve al aire que entra y sale.
Si aparece aburrimiento, dale las gracias.
Es la señal de que el ruido empieza a ceder.
Y cuando suene el temporizador, no te levantes de golpe.
Quédate un segundo más.
Nota cómo estás.
Eso, en sí mismo, ya es práctica.
Si hoy te llevas una sola idea, que sea esta:
En tus primeros encuentros con el silencio, no busques paz.
Busca quedarte.
Lo demás llega solo, cuando dejas de empujar.
Cinco minutos, hoy.
Mañana, quizá, seis.
No hace falta más.
Sin prisa por avanzar.
Gracias por estar aquí.