Bienvenido.
Ayer descubrimos que existe un fondo.
Hoy aprendemos a bajar.
Este capítulo es una práctica, casi entera.
Vas a poder volver a ella siempre que quieras, toda la vida.
Así que no hay que entender nada. Solo hacer el viaje.
Empezamos.
Busca una postura en la que puedas quedarte un rato.
Sentado o tumbado, da igual.
Lo único importante: que el cuerpo pueda soltarse.
Cierra los ojos si te apetece.
Y toma una respiración honda, la más lenta del día.
Suéltala entera.
Bien.
La bajada tiene tres aguas, como el mar.
Arriba, la superficie. En medio, las aguas medias. Abajo, el fondo.
Vamos a atravesarlas una a una.
Primero, la superficie.
La superficie son los sonidos.
No los apartes. Al contrario: escúchalos todos.
Los de la habitación. Los de la calle. Los del propio cuerpo.
Déjalos estar, como quien flota un momento entre las olas.
Esto es la superficie de tu momento. Está bien que exista.
Y ahora, con la siguiente respiración, empieza a bajar.
La respiración es la cuerda de bajada.
Cada vez que sueltas el aire, desciendes un poco.
Suelta ahora, despacio.
Los sonidos siguen ahí, pero llegan como de más lejos.
Estás entrando en las aguas medias.
Las aguas medias son los pensamientos.
Aquí viven. Aquí nadan.
Los verás pasar: un recuerdo, un pendiente, una frase de hoy.
No los persigas. No los espantes.
Son peces. Tú solo estás de paso.
Si alguno te engancha y te lleva — pasará —, no te enfades.
Darte cuenta ya es soltarte.
Vuelves a la cuerda, que es la respiración, y sigues bajando.
Suelta el aire otra vez, largo.
Y otra.
Cada exhalación, un metro más abajo.
El agua cada vez más lenta. El cuerpo cada vez más pesado.
Y en algún momento — quizás ahora, quizás dentro de unas respiraciones — tocas fondo.
Lo reconocerás por esto: no hay nada que hacer.
Ni que pensar, ni que resolver, ni que mejorar.
Solo un estar quieto, oscuro y amable.
Como el descanso de existir.
Quédate aquí un rato.
Yo me callo un poco.
Si te distraes, no pasa nada: exhala, y abajo otra vez.
Sigues aquí.
Antes de subir, guarda el camino.
Fíjate qué has hecho: sonidos, pensamientos que pasan, respiración que baja, fondo.
Eso es todo. Ese es el mapa entero.
Y ahora te regalo la versión corta.
Porque no siempre tendrás diez minutos.
La versión corta son tres respiraciones.
Una para la superficie: oír lo que hay.
Otra para las aguas medias: dejar pasar lo que piensas.
Y la tercera para tocar fondo, aunque sea un segundo.
Tres respiraciones. En el coche, antes de una conversación difícil, en la cola del supermercado.
Nadie a tu alrededor sabrá dónde has ido.
Pero tú vuelves distinto.
Vamos subiendo, despacio.
Mueve un poco los dedos. Nota la habitación.
El oleaje de la vida sigue arriba, esperándote. Es su trabajo.
Ahora ya sabes que puedes visitarlo desde otro sitio.
La frase de hoy:
El fondo está siempre a unas pocas respiraciones.
Gracias por estar aquí.