Bienvenido.
Hoy cerramos la cuarta parte del recorrido desmontando el último malentendido.
Quizás el más importante de todos.
Llega primero.
Suelta el cuerpo, con suavidad.
Aire por la nariz, hondo.
Fuera por la boca, despacio.
Otra vez.
Baja un poco. Ya sabes dónde.
Bien.
A estas alturas del recorrido podría pasarte algo.
Podrías pensar que la persona en paz es alguien que ya no siente.
Que no se entristece, que no se enfada, que no llora.
Alguien acolchado, lejano, siempre con la misma sonrisa suave.
Sería un malentendido terrible. Vamos a deshacerlo hoy.
La paz no es anestesia.
El que no siente no está en paz: está desconectado, que es lo contrario.
Se desconectó, quizás, porque sentir dolía demasiado. Es comprensible. Pero eso no es paz: es hielo.
Y hay otra imitación de la paz, más común todavía.
El "todo bien".
Esa alegría de cartón que no permite estar mal.
"No llores. Sé positivo. Otros están peor. Al mal tiempo, buena cara."
Frases que parecen consuelo y son mordazas.
Quien vive en el "todo bien" trabaja sin descanso: empujando hacia abajo todo lo que no encaja en la foto.
Y lo que se empuja hacia abajo no desaparece. Espera.
La paz verdadera es otra cosa. Escucha.
La paz verdadera es honda, y por eso le cabe todo.
Vuelve a la imagen madre: el fondo del mar.
El fondo no niega la tormenta de arriba. No dice "no hay olas".
Las olas existen, rugen, son reales.
El fondo, simplemente, es más hondo que ellas. Las sostiene sin dejar de ser fondo.
Así es la persona en paz de verdad.
Puede estar triste — profundamente triste — y en paz.
Puede estar dolida y en paz. Preocupada y en paz. Enfadada, incluso, y en paz.
Porque su paz no es la ausencia de esas olas.
Es el fondo que las sostiene.
Te lo digo de otra manera, por si un día lo necesitas.
Estar en paz no es no llorar.
Es poder llorar del todo, sin miedo a romperte, porque algo en ti sostiene el llanto.
El que tiene fondo llora mejor. Y por eso se recupera antes.
Las penas lloradas del todo pasan. Las penas prohibidas se quedan a vivir.
Vamos a practicarlo, con cuidado.
Trae algo que te duela estos días. No hace falta lo más grande: algo verdadero.
Una preocupación, una tristeza, una nostalgia.
Y ahora, en vez de las dos rutas de siempre — hundirte en ella o taparla con el "todo bien" —
prueba la tercera.
Déjala estar, y quédate tú también.
Respira hacia el fondo, con la tristeza presente.
Y di por dentro, despacio, esta frase doble:
Esto duele.
Y estoy en paz.
Las dos cosas. A la vez. Sin que ninguna borre a la otra.
¿Notas que caben?
Eso es la ecuanimidad. Palabra grande para algo muy simple:
una casa interior con sitio para todos los que llegan.
La alegría cuando venga. La pena cuando toque. El miedo, la ternura, el enfado.
Todos huéspedes. Ninguno dueño.
Y debajo de todos, el suelo firme que los recibe: tu paz.
Quédate un momento en silencio, sosteniendo lo que haya hoy.
La frase de hoy:
La paz no es no sentir.
Es que todo lo que sientes tenga casa.
Mañana empieza la última parte del recorrido: la paz como forma de vivir.
Gracias por estar aquí.