La paz de fondo · Cap 2 / 25

La paz aplazada

El «estaré en paz cuando…» que nunca llega. La paz que depende de las circunstancias se cae con ellas.

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6 minutos · meditación contemplativa · Busca un sitio tranquilo, si puedes

La semilla de hoy

Mañana, cuando notes tu primer cuando — estaré en paz cuando acabe esto —, para un segundo. Di por dentro: también ahora, con esto sin resolver, puedo estar en paz un momento. Y respira una vez despacio, con el asunto abierto y la paz al lado. Caben los dos.

Algo diminuto para llevarte al día. Sin prisa, sin obligación.

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Bienvenido. Hoy vamos a mirar una trampa. Una trampa tan común que casi todos vivimos dentro de ella sin verla. Pero primero, llega del todo. Acomoda el cuerpo. Deja que pese. Toma aire por la nariz, despacio. Y suéltalo por la boca, largo. Otra vez. Deja que el día se quede en la puerta. Aquí. La trampa tiene una sola palabra: cuando. Estaré en paz cuando termine este proyecto. Cuando pase el invierno. Cuando cobre. Cuando adelgace. Cuando los niños crezcan. Cuando se resuelva lo del médico. Cuando, cuando, cuando. ¿Reconoces la música? Todos tenemos nuestra lista. Y la lista tiene una propiedad extraña: no se vacía nunca. Cada vez que tachas un cuando, aparecen dos nuevos. Terminas el proyecto y llega otro. Pasa el invierno y llega el verano con lo suyo. Así que la paz queda siempre aplazada. Como un horizonte: caminas hacia ella y se aleja contigo. Fíjate bien, porque esto es importante. El problema no es que tu vida tenga asuntos pendientes. Siempre los tendrá. La vida es eso. El problema es haber firmado, sin darte cuenta, un contrato que dice: "No tengo derecho a estar en paz mientras haya algo sin resolver." Ese contrato no lo firmó tu mano. Lo firmó tu miedo. Y hoy puedes empezar a romperlo. Porque hay dos tipos de paz, y conviene distinguirlos de una vez. Está la paz que depende del fuera. Del tiempo que haga, de lo que digan, de que el cuerpo no duela, de que el dinero llegue. Esa paz es real, pero es intemperie: cualquier viento se la lleva. Y está la otra. La que nace dentro y no pide permiso a las circunstancias. La que puede estar presente incluso el día del hospital, incluso la semana del despido. No como alegría — nadie te pide alegría en esos días —, sino como suelo. Como esa habitación en orden de la que hablamos ayer. Hay personas que la han encontrado en los peores lugares de la historia. Personas a las que se lo habían quitado todo, menos eso. La última de las libertades: elegir cómo estar en lo que pasa. Si ellas pudieron ahí, nosotros podemos aquí. Vamos a practicarlo ahora, en pequeño. Trae a la mente tu cuando favorito. El primero que aparezca. Ese asunto que, según tú, tiene secuestrada tu paz. Míralo un momento. Sin resolverlo. Hoy no hay que resolver nada. Y ahora, con ese asunto todavía abierto, di por dentro esta frase: "También ahora, con esto sin resolver, puedo estar en paz un momento." Un momento solo. No te pido más. Respira una vez, despacio, con el asunto ahí y la paz también. ¿Notas que caben los dos? Eso que acabas de hacer es enorme. Acabas de separar dos cosas que llevaban años pegadas: tus circunstancias y tu paz. No hace falta que el mundo se arregle para que tú descanses. Puedes trabajar en arreglar tu parte del mundo — claro que sí — pero desde el descanso, no desde la guerra. Se hace mejor, además. Se ve más claro desde la habitación en orden. Quédate un momento en silencio con esto. La frase de hoy, por si quieres llevártela: La paz que depende del fuera se cae con el fuera. La que nace dentro viaja contigo. Mañana bajamos al fondo del mar. Gracias por estar aquí.

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